Creo que ya pasé por todo lo que podía en los hotales, ahora quiero ser Couch Sufer. / (cc) Flickr.com/sean dreilinger


(cc) Flickr.com/DaveAustria.com

Para mí los hoteles no son tema en los viajes, de hecho siempre voy a hostales: primero por el precio; segundo, porque me da lo mismo dormir en una pieza con diez personas más que en mi vida vi o usar el mismo baño que la mitad de los inquilinos y tercero, porque en esos lugares estamos en promedio cinco horas cada día (sólo para dormir), entonces, para qué pagar tan caro por algo que casi ni uso.

Los hostales son mucho más entretenidos. Compartes con gente que está en la misma situación que tú (generalmente jóvenes con mochilas enormes que no pueden pagar por un restauran y hacen todas las excursiones que puedan), te toca hacer fila para bañarte y a veces, muy pocas en todo caso, te metes antes de tiempo y te encuentras con algún compañero de residencia, como me pasó en Piscacucho, un pueblo peruano extremadamente pequeño y frío. Lo terrible es cuando ese compañero está en la misma pieza que tú, como imaginarán, fue mi caso también.

Lo único que busco en los hostales, es que tengan cocina. Ni siquiera que me den desayuno (eso a veces es un lujo), pero poder cocinar en el lugar te ahorra mucha plata en comida. La mejor cocina que he visto fue esa chiquitísima y de paredes grasientas que había en un hostal en Buenos Aires. Tenía un aspecto terrible, pero a mí me pareció el cielo cuando la vi después de caminar cinco horas por la ciudad sin un peso en el bolsillo. La plata me la gasté en el teatro el día anterior y claro, no me fijé que era lo último que tenía. Busqué y busqué un cajero y a ninguno le servía mi tarjeta. A cada paso moría un poco más de hambre, hasta que la vi: esa cocina asquerosa, pero con olor a hogar donde probé la mejor pasta: fideos blancos, sólo con mantequilla porque no me alcanzó para la salsa, pero para mí fueron los mejores.

He estado en hostales de todo tipo: desde uno en un barrio terrible y maloliente (lleno cajas de verdura en mal estado y en un rincón oscurísimo de la ciudad) de París que se caía a pedazos y que encima los frescos te cobraban por las sábanas (y yo que lo elegí por el precio). Por supuesto no pagué (era verano) y como tampoco me pasaban un casillero para mi mochila, tuve que dormir abrazada a ella porque en mi pieza habían 15 desconocidos y la verdad, no tenían cara de “buenos amigos”. La ciudad de la luz, para mí fue un oscuro callejón de adoquines, pero igual el romance se sentía en el aire.

Otra vez, de nuevo en la futbolera, cultural y tanguera Argentina, fui a un lugar tan desordenado (y eso que yo soy desordenada, pero esto era extremo), que me sacaron en mitad de la noche de mi pieza porque se habían equivocado en la asignación. Tuve que bajar dos pisos a oscuras con mis cosas cayéndose de mis manos y por una escalera de peldaños altísimos, pero tan pequeña que tenía que caminar de lado para no caer, porque era o la mochila o yo: las dos no cabíamos. Lo bueno de la escalera: veía el obelisco iluminado, en medio de la típica nueve de julio tan llena de autos y de vida, achicarse mientras bajaba esos escalones.

Como ya he tenido, creo, suficientes experiencias en hostales (muchas más que las que nombré), ahora quiero pasar a un sillón, más conocido como CouchSurfing. Nunca lo he hecho y me encantaría dormir en distintos sofás. Este programa a principios de 2009 tenía un millón de usuarios (o sillones) en el mundo y cada día gana popularidad. Es un sistema de alojamiento en línea y gratuito donde inscribes tu sillón y eso hace que puedas dormir en otros muebles que participen también o recibir viajeros que quieran quedarse en tu casa. Sólo necesitas un saco de dormir.

Puede sonar a inseguro, porque no sabes quién te va a recibir. Mi mamá me diría: y si es un violador o un asesino, mejor quédate en un hotel. Pero yo pienso: qué tan terrible puede ser, prefiero dormir con un desconocido que con 15, además los couch surfers te permiten ir con más gente a sus casas, claro cuando tienen más de un sofá.

La seguridad de esto están en los comentarios que dejan los usuarios de un sillón en el sitio. Igual pensé que eso no significaba nada, podía ser falso. Entonces investigué un poco más y descubrí que hay algunos couch surfers que donan plata al programa, sólo a través de tarjetas de crédito, con los datos de ésta puedo comprobar si la dirección y el nombre del usuario son verdaderos. No me va a decir si es violador o asesino, pero al menos me da certeza de su residencia (sillón). Después quizá vuelva a los hotales, porque de todas formas me encantan.

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Sobre el autor

Es periodista PUC y fotógrafa amateur. Amante del cine, series de TV, libros, diseño, música y fútbol. Viaja cuando puede y camina a todas partes, para ser un auto menos en la ciudad. Es una provinciana seguidora de VeoVerde, LUPA y Ferplei. En Twitter es @conicarmi.

Hace años que se viene hablando de las grandes empresas transnacionales que subcontratan fábricas en países con gran riesgo social ya que de esta manera abaratan costos. El grave problema es que las segundas también tienen el mismo objetivo y para esto tienen paupérrimas condiciones laborales, sus trabajadores a diario se encuentran sometidos a tratos esclavizantes e incluso emplean a niños y los explotan. De acuerdo a la cifra entregada por Organización Internacional del Trabajo (OIT), en el mundo hay más de 168 millones de niños trabajando, especialmente en la industria de la moda.

937d028bcef0956664fd9609f4a49f3e

Sin embargo, existe una organización sin fines neozelandesa llamada "Child Labor Free" que nació con el objetivo de crear una etiqueta ética la cual acredite que las empresas que la usen no están relacionadas al trabajo infantil en ninguno de los procesos de producción de sus productos. Claro que para esto, la empresa debe someterse a la auditoría independiente de la consultora Ernst & Young. Michelle Pratt es la directora general y fundadora de Child Labor Free y declara que el trabajo de protección a los niños en la industria de la moda se encuentra en paralelo al de los productos con etiqueta "cruelty free" en la fabricación de cosméticos.

libre-de-esclavitud-infantil

"Child Labor Free" cuenta con el apoyo de UNICEF y ya tiene un prototipo de la etiqueta que será presentada en la próxima semana de la moda de Nueva Zelanda.

Caso GAP y Victoria’s Secret

[caption id="attachment_523820" align="aligncenter" width="660"]Child Labor In China Niña China trabajando en el algodón.[/caption] Existen diversos casos al rededor del mundo. Un ejemplo es el de GAP que en 2007 se convirtió en un gran escándalo tras conocerse la investigación del Sunday Observer que reveló que la marca usaba niños para hacer camisetas para niños. ¿Irónico no? También muy conocida es la historia de lo ocurrido con Victoria’s Secret en 2008, la compañía de lencería más famosa del mundo lanzó una campaña publicitaria asegurando que el algodón usado estaba libre de pesticidas y provenía de tratos justos. El asunto es que un año después Bloomberg News publicó una historia que rompería el corazón de millones de fanáticos de Victoria’s Secret en todo el mundo. El medio especializado en economía, informó que en la recolección de este algodón se usaba a varios niños ya que sus manos eran más pequeñas y rápidas, mucho más eficientes para este trabajo. Además, hubo una historia que particularmente la mayoría recuerda y es la de una niña de 13 años que era obligada a trabajar por su padre adoptivo. Ella debía hacer los surcos donde luego se plantaba el algodón y además estaba en pésimas condiciones alimenticias.

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Sin embargo, existe una organización sin fines neozelandesa llamada "Child Labor Free" que nació con el objetivo de crear una etiqueta ética la cual acredite que las empresas que la usen no están relacionadas al trabajo infantil en ninguno de los procesos de producción de sus productos. Claro que para esto, la empresa debe someterse a la auditoría independiente de la consultora Ernst & Young. Michelle Pratt es la directora general y fundadora de Child Labor Free y declara que el trabajo de protección a los niños en la industria de la moda se encuentra en paralelo al de los productos con etiqueta "cruelty free" en la fabricación de cosméticos.

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