La generación de los Niños Maravilla
Así como Alexis hay toda generación de ganadores.
Nunca he sido segura de mí misma. Siempre he dudado -no tanto de mis convicciones, héroes personales o gustos-como de mi manera de pararme frente al mundo. Cuando digo (o escribo) algo, como lo estoy haciendo ahora, inmediatamente pienso que me estoy equivocando.
En las pocas entrevistas de trabajo que he dado, jamás he sabido venderme. Las tarjetas de contacto que guardo en la billetera, me han servido para cualquier cosa menos para “hacer contactos”. Con la publicación de mi novela Verano Robado el 2006, en lugar de odiar las críticas más tibias, les agradecí la mínima palabrita de aliento. Mal.
No es un simple asunto de personalidad. Tal como lo hablaba con una amiga la otra vez, hay un defecto generacional que nos achaca a todos quienes crecimos en los 90′s, y que (por suerte) las generaciones de hoy –mi hijo incluido-no tienen. Me explico. Si bien odiábamos los 80′s, heredamos de ésta una suerte de karma under y una gran desconfianza, miedo o rebeldía hacia el stablishment. A los 20 y algo, cuando llegó la democracia, en vez de salir a “vendernos” (esa era la palabra que usábamos), preferimos escribir en semanarios juveniles por unas pocas lucas, publicar discos independientes, bailar tecno en subterráneos.
La selección chilena de esa época corría lento, perdía casi todos sus partidos, no clasificaba a mundiales. Esos jugadores cuyos nombres nadie recuerda, pecaban de lo mismo que yo y mis amigos: jugar sin querer ganar.
Hoy todo es distinto. Me basta escuchar las palabras de Alexis Sánchez cuando un periodista le pregunta: “¿Por qué cree que es el jugador del Mundial al que más le han pegado?”. Sonriente, el delantero de la Roja dice: “Porque a los buenos siempre nos pegan”. Otra de Sánchez: “No me comparen con Ronaldo, quiero dejar mi nombre inscrito en el mundo”.
La actitud del “Niño Maravilla” encarna a una generación, que sin duda se acerca más a la de mi hijo que a la mía. A sus casi 3 años parece muy cómodo y seguro en su pequeña identidad. Sonríe hasta cuando hace algo malo y desborda optimismo. Sabe exactamente lo qué quiere; desde qué polera ponerse en la mañana al tipo de cereal con el que está antojado en la tarde. Alega cuando suena una música que no le gusta. Se cae de la cama y en lugar de llorar, se vuelve a subir y a saltar.
Para los niños maravillas de hoy, los golpes no duelen ni desaniman. Los golpes son el precio que tienen que pagar para llegar más alto.
Los hijos crecidos de mis amigos también están llegando tan lejos como la selección chilena. Saben concentrarse en lo que les gusta, usan sus redes sociales –ya sea facebook, o myspace- para promocionar sus múltiples talentos, y al igual que Alexis Sánchez parecen disfrutar como nadie de su amor propio. Cuando una vez le pregunté a mi querida sobrina qué quería hacer cuando grande no dudó un segundo en darme su respuesta: Vivir en Bevery Hills.
Los niños dicen muchas cosas que luego olvidan, y es probable que mi sobrina termine de misionera en África. Pero no deja de impresionarme la rapidez (y agudeza) de su respuesta.
¿Es tan bueno tenerlo todo tan claro desde chico? “El problema de los chicos de hoy”, me decía el músico Cristian Heyne, otro exponente de la generación de los 90s, es “que no sufren”.
Buen punto. Para quienes estamos acostumbrados a las derrotas, va a ser interesante ver cómo reaccionan los “Niños Maravilla” si pierden el partido más importante de sus vidas.
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3 Comentarios
La generación de los Niños Maravilla
Que buen post, me sentí reflejada y aunque aún no tengo hij@s, veo lo que describes en mi hermana chica y en mis estudiantes.
ResponderHei, q buena columna. Tienes taaanta razón en lo que dices. Me encanta como articulas tus ideas.
ResponderCada uno cosecha lo que siembra. En los años 90, como cuentas tú, nos parecía cool cultivar (cooltivar?) la idiosincracia del perdedor porque parecía un ideal romántico. Movernos por la vida un poco creyéndonos Holden Caulfield, renegando del éxito económico y la popularidad porque nos parecían vanas. Sin embargo doy en pensar que no combatíamos la vanidad, sino el pudor de aceptar nuestras ganas de envanecernos. No combatíamos el exitismo, sino que abjurábamos de nuestra propia sed de éxitos y del miedo inherente al fracaso.
ResponderLos que en los 90 pensábamos así, a estas alturas ya perdimos ese sentimiento de autoflagelación. Quiero tener mucha plata, y qué. Quiero ser gerente, quiero comer en buenos restaurantes. Quiero que me vaya bien y no tengo por qué avergonzarme de eso. Nuestros hijos ya crecen viéndonos con esa actitud, y por lo tanto la adoptan como propia.
No es que vengan de fábrica como niños maravilla, es que los estamos criando con alegría, con la dosis justa de autoindulgencia y con una cultura que le quitó el sentimiento de culpa a la ambición.
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