Colapsada
Cada vez que le pregunto a alguna amiga cómo está, recibo la misma palabra de vuelta: colapsada.
-¿Puedes ser más especifica? -le pido-. ¿Te despidieron, tragaste agua del Mapocho…?
-Colapsada, raja, muerta.
No tengo nada en contra de la generalización de ciertos adjetivos, al contrario creo que –en el año del terremoto-“colapsada” es una gran palabra para graficar el derrumbe natural de la propia existencia.
Colapsada por el trabajo, los niños, las celebraciones de fin de año. Colapsada de estrés, de planificar vacaciones, de las cuentas pendientes -llámese celulares, Isapres, matriculas de colegios, tags, tarjetas de crédito-. Colapsada de manejar de un lado a otro de la ciudad. Colapsada de vivir en un sistema –capitalista tercermundista- donde respiras smog y pagas. (No nos sigamos contando mentiras: pagar por todo colapsa a cualquiera y un poco más de socialismo mejoraría nuestra calidad de vida). Colapsada leyendo esta columna que me recuerda lo colapsada que estoy.
Ya lo dije a alguien la otra vez. Vivir en Santiago es como vivir en Los Ángeles pero sin mar cerca y con estacionadores de auto en cada esquina. Todos me quedaron mirando como si hubiera dicho una blasfemia. Nadie en nuestro país -ni los medios, grupos de intelectuales, o políticos- se atreve a hablar “mal” de Santiago. Hay una especie de creencia de que todo lo que ocurre en la capital es cool, cuando no lo es realmente. ¿Qué tiene de cool estar parado en un taco en la Costanera dos horas seguidas o dar vueltas en estacionamientos subterráneos como si fueran los anillos del infierno? Dónde vivimos muchas veces es sinónimo de cómo vivimos y al no ser tema público, todo el asunto se convierte en neurosis personal. ¿Se imaginan a un neoyorkino sin poder contar chistes de la propia ciudad? ¿A un parisino que no habla de lo deprimente que es Paris? La mitad de ellos serían bipolares.
Antes de colapsar para siempre, este año decidí dejar la capital e irme a Valparaíso. La vida de provincia tiene sus pro y sus contra, pero sin dudas mi salud mental y la de mis hijos, me está agradecida. Camino. Hago ejercicio gratis subiendo y bajando escaleras y mi spa natural a cero costo, es tirarme un piquero en el mar. En las Bibliotecas públicas el libro que quieres nunca está pedido. El bartender te fía una copa sabiendo que volverás a pagarla al día siguiente. Cuando cojo el auto, me demoro 7 minutos en cruzar del cerro al Jumbo (y eso que cruzo toda la ciudad) y siempre encuentro un hueco donde estacionarme. En lugar de bocinazos e insultos de automovilistas me estreso escuchando el chillido de las gaviotas. Mis hijos respiran un aire que los deja exhaustos a las 8 de la noche. El jardín infantil cuesta la mitad que en Santiago.
No es misterio que el costo de la vida en provincia se quedó pegado en el IPC de los a 80′s: los kiwis se pudren en mi frutero y la cuenta de agua parece una broma. Y si bien es cierto que hay algo atemporal en sus habitantes que puede ser enervante, nadie le dice que “no” a una copa de vino a las 7 de la tarde (se trabaja menos, o mejor, y tener hijos no es excusa para quedarse en casa. Al contrario, se sale con ellos).
Ya sé lo que están pensando: ojalá pudiera hacer lo mismo.
Cada día son más las parejas jóvenes con hijos que ruegan ser trasladas a la Serena o Curicó aunque les pagan la mitad del suelo, o deciden inventar un negocio propio. Otras están definitivamente pensando en cambiar sus sistemas de vida en Santiago. ¿Cómo? Viviendo a dos cuadras del colegio de sus hijos, sin importar cómo diablos se llama. Yéndose al trabajo en bicicleta. Ahorrando en gastos innecesarios para tener una casita en la playa. Quién lo hubiera pensado: en la era de los wanna be, los políticos a todo terreno y el exitismo descarnado, el remedio al colapso mental es holandizarse, pedalear en lugar de correr. Y en mi caso y el de mis hijos, aprender a despertar con arena en las sábanas.
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4 Comentarios
Colapsada
Que identificada me sentí con este post, justamente este año nos compramos una casa con mi marido en Los andes, escapando justamente de lo agotador que es vivir en santiago y debo decir que estamos felices!!!. Un dato anecdótico, siempre encuentro estacionamiento en plena plaza de armas de los andes frente a mi banco, un placer.
ResponderSiempre he vivido en la quinta región y viendo las cosas de tu perspectiva no había pensado lo afortunado que es vivir acá :)
Responderlos pequeños placeres son los que hacen la vida mas placentera, el poder practicar la autocritica es lo que nos hace mejores. gracias por tus palabras!
ResponderMucho de lo que dices lo viví hace años en Valparaíso y tengo la esperanza de volver, mas por ahora soy capitalina con ritmo del puerto. Total la vida la hace uno!
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