Cuando conocí a Natalie Portman

Javier Hurtado nos cuenta una historia increíble.

Fue una tarde de invierno del 2006 en el Mandarin Oriental de Manhattan, cuando conocí a Natalie Portman. Sólo cinco minutos para cada periodista que cubría el lanzamiento de V for Vendetta. Me repetí otros cinco como traductor de unas reporteras colombianas. Había visto siete veces Closer, me sabía hasta los diálogos. Desde entonces, era mi actriz favorita.

De ojos vivaces, mirada honesta, y voz delicadamente dulce, recuerdo que exudaba paz, sencillez y coherencia. Es menuda y sobria, aunque su personalidad blinda su frágil 1,60 de estatura. Recuerdo que alabé de entrada que pudiera pronunciar la “r” al final de mi nombre. Se rió y comentó que había estado grabando con Bardem, de ahí la familiaridad con el acento. O porque fue novia de Gael García, aunque de eso no hablamos.

Sus respuestas no son las que se esperan. Son mejores. Consultada por la participación de las mujeres en la política no se lanzó con un discurso feminista, en ningún caso. “En política no se esperan hombres ni mujeres. El pueblo espera los mejores. Aún así sean todos hombres”.

Nació en Jerusalén y a los tres años llegó a vivir a los Estados Unidos. El ‘90 llegó a Long Island, donde aún vive su familia. Hoy reside en L.A., en un barrio bohemio y multicultural en el este de Hollywood, donde los blancos caucásicos suman poco más de un cuarto de su población. Admite que su perfil de “niña buena”, le ayuda a llevar una vida tranquila. “Voy al mall en época navideña y al cine los viernes. Soy bastante anónima”, cuenta en una entrevista al Telegraph.

Hace una semana, en medio de una tormenta de nieve en Nueva York, fui a ver Black Swan, que se estrena el 27 de enero en Chile. Aluciné con su actuación. Creo que elegir a una psicóloga para protagonizar un thriller psicológico fue la decisión más inteligente de Darren Aronofsky. Por eso, no me sorprende su Globo de Oro a la mejor actriz.

Portman se graduó con honores en Harvard el 2003, aunque también había sido aceptada por Yale, dato que no muchos manejan y que años atrás me confirmó su manager.

Para Black Swan se preparó por cinco horas de lunes a viernes por un año. Bajó casi diez kilos y la conexión de su vida con la de la atormentada Nina, la bailarina que personifica, y que busca delirantemente la perfección, tiene que ver con su propia formación en el cine. Desde pequeña tuvo que complacer a muchos con su trabajo, hasta que descubrió que “la perfección llega cuando te complaces a ti mismo en lo que haces“, en sus palabras.

La belleza de Portman, no sólo está en sus facciones armónicas, sino en su adherencia a las causas nobles, en su compromiso político, en su inteligencia, y en cada uno de sus roles, a pesar de no haber ido a una escuela de teatro.

Esta judía admira por sobre muchos a Rania de Jordania. Cuando quiso colaborar en el movimiento de paz y reconciliación en el conflicto Palestino-Israelí no dudó en darle un telefonazo. Rania también la condujo al mundo de las microfinanzas, con su apoyo a la fundación Finca que otorga créditos a mujeres emprendedoras de naciones en vías de desarrollo. Así entonces, ha viajado a supervisar proyectos en Guatemala, Ecuador y Uganda.

Hoy espera un hijo junto a Benjamin Millepied, su coreógrafo de Black Swan, y poco me importa si el vestido blanco-rosa que usó en los Golden Globes fue una mala decisión, como muchos comentaron en Twitter. Portman tiene una belleza que trasciende galas, porque prescinde de aderezos y cirugías; y porque la historia de su vida misma, y su manera de vivirla, la hacen tanto o más interesante que sus propios personajes.

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