Sudáfrica: El color de Johannesburgo

El contraste persiste

Johannesburgo es la ciudad más poblada de Sudáfrica. Una metrópoli donde los blancos, que representan menos de un cuarto de su población, gozan de un primer mundo, que para los negros aún parece lejano. Tierra de oro, diamantes, rascacielos, chozas, y el encanto de salvajes parques nacionales.

La silueta de Johannesburgo me recuerda a cualquier gran ciudad de los EE.UU. Con dos amigas chilenas y un amigo estadounidense que trabaja para una empresa sudafricana, arrendamos un auto por unos 40 dólares americanos. Nuestro primer almuerzo fue en Sandton, un suburbio históricamente rico y plagado de tiendas exclusivas.

En medio del lujo de Sandton -contradictoriamente- se encuentra la Plaza Mandela, con un monumento a este hombre que en 1990 fue liberado de prisión, tras 27 años de encierro por razones políticas, y que guió a esta nación al convertirse en el primer presidente negro. El amor de Nelson Mandela por su país es infinito, y lo llevó a conseguir el Nobel de la Paz, y el respeto de esta tierra que tiene 11 idiomas oficiales, entre ellos la lengua más joven del mundo: el Afrikaans, que es hablado por blancos y mestizos.

Tal vez, la estatua de bronce de Mandela debiera estar en Soweto, que es el suburbio donde fue replegada la población negra para no compartir espacio con los blancos dominantes de antaño. Aquí se produjeron las protestas más sangrientas en lo que duró el Apartheid, política de segregación racial, que se mantuvo hasta 1993. Soweto es historia, color y pobreza, al mismo tiempo.

Si les interesa conocer más de la historia de Sudáfrica, es una buena idea partir por el Museo del Apartheid. Ahí encontrarán abundante información y material audiovisual, a ratos impactante. Una entrada para negros y otra para blancos, da la bienvenida.

Sudáfrica es tremendamente rica en minerales y piedras preciosas, y junto a las carreteras es posible ver varios yacimientos en sus laderas de tierras rojizas. Pero, seguramente, el gran valor que este país tiene para los viajeros, está en la naturaleza y en sus hermosos parques nacionales.

Nos fuimos de safari, temprano en la mañana. En nuestro citycar, nos acercamos a la frontera con Botswana para avistar los animales que figuran en los billetes y monedas locales.

En un punto del Parque Nacional Pilanesberg, los turistas van marcando los sitios exactos donde vieron cebras, hipopótamos y rinocerontes, entre otros. Tuvimos la suerte de ser advertidos por un guía, del avistamiento de leones. Y así fue: un elefante muerto y unos cuantos leones merodeando. Impagable escena, porque percibíamos incluso el olor de esa carne muerta a varios metros, imposible a través del NatGeo o el Animal Planet. El ciclo de la vida antes nuestras atentas miradas.

Más tarde, cruzaría frente a nuestro parabrisas una manada de elefantes. Una caravana de autos en silencio, conscientes de estar en territorio ajeno. Una cría imitando los movimientos de su padre para derribar un arbusto, nos dejaba sin aliento, emocionados. Del otro lado, unas jirafas se alimentaban de las copas de unos árboles. Hasta el gran rinoceronte pudimos ver, solitario bebiendo agua a unos 200 metros de nuestro empolvado auto.

A nuestro regreso paramos en el resort Sun City, lindo pero de poliuretano, como una escenografia de TV. En la carretera, con un tráfico tan salvaje como los leones de Pilanesberg, vimos un par de personas atropelladas. Se acabó la segregación, pero en el estilo de vida de sus habitantes, las divisiones raciales permanecen a ojos del turista. Mi amigo Will, nos explicó que estos atropellos son frecuentes: cada día numerosos trabajadores negros arriesgan sus vidas caminando kilómetros de regreso a casa.

Pienso en Sudáfrica, y su tremenda riqueza como nación, que hoy concentra para conseguir la armonía de su arcoirirs de culturas, y en la lucha contra el Sida, al tener el mayor número de infectados con VIH en el mundo. Más del 25 por ciento de los hombres de mi edad, vive con el virus en esta nación.

De mis días en Johannesburgo, me quedo con sus mayores tesoros: la vida salvaje a un par de horas en auto, la alegría y orgullo de su pueblo; y por cierto, el ejemplo de Mandela, plasmado en un libro tan inspirador como real, que leo en mi vuelo de regreso a Santiago de Chile.

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