El día que fui Paul McCartney

Londres, 1994, el final de un viaje.

Han pasado más de 17 años desde que me tomaron esa foto, cruzando descalzo en el paso peatonal de Abbey Road al llegar a Grove End.

Nos habíamos levantado muy temprano y recorrimos Londres con las últimas esterlinas que nos quedaban en la escuálida billetera. Era el fin de un viaje de dos meses que nos había llevado por todo Europa durmiendo mitad en unos cuchitriles de mala muerte y mitad en buses, pero lo habíamos pasado como nunca y quisimos coronar nuestro viaje posando como The Beatles fuera del clásico edificio que hoy figura como Abbey Road Studios, remedando la portada del undécimo disco de la banda. El último que grabaron en estudio antes de separarse y seguir caminos distintos.

A los 16 años creo que veía el mundo como un regalo que aún no había abierto. Como una secuencia de sorpresas que esperaba con ansias y no podían sino depararme alegrías. Incluso cuando me tocaba pasar pellejerías, para mí eran aventuras. La vida se me presentaba tan sencilla como el camino amarillo del Mago de Oz, y yo sólo tenía que recorrerlo disfrutando el trayecto.

En el viaje por The Tube que nos llevó a la estación Saint John's Wood nos fuimos comentando sobre esa leyenda que sostenía que Paul McCartney había muerto años antes, y que la banda lo había sustituído con un doble que no sabía cantar ni tocar, pero les servía para seguir en la cresta de la ola como la banda más importante del planeta. The Beatles no se molestó en desmentir la historia sino que la dejó crecer como parte del mito. En la portada de Abbey Road, McCartney aparece a pie pelado, con los ojos cerrados y dando el paso con el pie contrario que los demás.

Desde que llegamos a la famosa esquina demoramos como tres horas en sacar todas las fotos. Éramos un grupo grande de amigos y cada uno terminó con una foto personificando a Paul. Entre una y otra pasaban cientos de autos y se cruzaba gente que parecía no entender lo que hacíamos (aunque debiese haber sido obvio).

Detrás mio Pablo Navarrete personifica a Ringo Starr. Pablo se fue a hacer un doctorado a Chicago, y el año pasado me llegó una invitación a su matrimonio. Su novia es china y la boda se celebraba en Shanghai (no pude ir, pero la invitación fue un lindo detalle). Delante mio Carlos Coll encarna a George Harrison. Carlos vive en Europa y las últimas fotos que subió a Facebook lo muestran en Finlandia. Franco Carcuro encabeza la marcha haciendo de John Lennon y, para que vean que la vida imita al arte, Franco fue el primero del grupo que falleció. No lo acribilló Mark David Chapman, pero sí lo mató la depresión hace menos de dos años.

Ahora que miro la foto veo que, sin saberlo, en ella retratamos el paso entre los sueños de juventud y todo lo que vendría después. Un acto sicomágico que nos llevó de la adolescencia a los primeros visos de la vida adulta y sus responsabilidades. Al otro lado de la calle nos esperaba el fin del viaje, el regreso a Santiago, prepararnos para la prueba de aptitud, pensar en la universidad. Hacerle frente a la vida. Hacerle frente a la muerte, y a la terrible certeza de que salvo por algunas fotos, en realidad el tiempo termina por quitarnos todo o, al menos, todo lo que considerábamos valioso a los 16 años.

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