Muere Bin Laden, pero el miedo no

La amenaza real o fabricada del terrorismo, se mantendrá como un fantasma invisible.

Mi relación con EE.UU. es especial. Estaba en segundo año de universidad, cuando fui becado por el International Center for Journalists (ICFJ), con oportunidades únicas para el desarrollo de mi carrera periodística. Me establecí en Washington, D.C., a tres meses del 11-S, y les aseguro que no hubo día en toda mi permanencia en ese país donde no se hablara de los atentados, ni de cómo las cosas cambiaron, y para siempre.

Era enero del 2002 y reporteaba el Discurso del Estado de la Unión, algo así como el 21 de Mayo en Chile, cuando el Presidente rinde cuentas de la nación y hace anuncios importantes. Junto al palco de la Primera Dama, escuchaba atento y apuntaba en mi libreta extractos de lo que pronunciaba George W. Bush. Sus expresiones bélicas eran apoyadas con brazos alzados, aplausos y gritos del ala republicana en pleno Capitolio. Desde aquel minuto se establecía la guerra contra el terrorismo, pidiendo al Congreso elevar los fondos para la defensa nacional a 38 mil millones de dólares, y anunciando 300 nuevos agentes adicionales del FBI dedicados exclusivamente a la amenaza terrorista.

Cada evento que cubría, comenzaba con la revisión de metales a niveles paranoicos. Y las regulaciones eran a toda escala. Recuerdo haber tomado un bus de Washington a Philadelphia, donde el chofer anunció por parlantes que, después del 11-S, ningún pasajero podría cruzar la línea amarilla pintada en el piso junto a su asiento. Acto seguido pidió que nadie se quitara los zapatos, porque el mal olor era más probable que un atentado, y un verdadero ataque a su nariz. La broma, a la mayoría de los pasajeros, no le pareció divertida.

En el caso de los aeropuertos, se incrementó la seguridad a niveles impensados, y se han ido sumando nuevas medidas con los años. En los aviones, nunca más alguien ajeno a la tripulación pudo visitar la cabina de pilotos, aún así fuera hijo del capitán. Y hasta hoy, en cada uno de los vuelos que despegan con rumbo a los EE.UU. a los pasajeros les leen un discurso explicando las medidas que ha impuesto la autoridad aeronáutica estadounidense. Entre ellas, limitaciones en el transporte de líquidos, aerosoles y gels; no congregarse en grupos, y hacer uso exclusivo del baño correspondiente al sector del asiento. Al ingresar a un avión, ningún pasajero puede siquiera devolverse a la manga a recoger un diario, para evitar que haya entrado a dejar un artefacto explosivo, por ejemplo. Personal encubierto de seguridad efectúa chequeos en vuelos por todo el mundo con destino a EE.UU., y de no cumplirse la normativa, las compañías aéreas arriesgan multas considerables.

Hoy los gritos de los policías en los aeropuertos estadounidenses, son frecuentes, sobretodo al pasar por rayos x. Junto con el chequeo de cuerpo completo, todos los pasajeros, incluidos los niños deben atravesar descalzos el portal detector de metales. Cualquier detención sospechosa o actitud extraña del pasajero en este proceso, lo llevará a frotar sus manos, y algunas prendas de vestir, sobre un papel que detecta restos de explosivos. Las típicas bolsas negras de los basureros públicos hoy son transparentes, para minimizar riesgos de bomba.

Siempre me pregunté si la cosa se flexibilizaría en algún minuto, y qué pasaría cuándo finalmente atraparan a Osama Bin Laden, cómo sería el juicio, y si alguna vez la normalidad regresaría a la vida cotidiana del pueblo norteamericano.

En algún minuto pensé que todo fue inventado y que por más que estuviera ahí mismo en el centro del ciclo noticioso, no sería capaz de enterarme de nada, porque también sentía miedo, porque la desconfianza se apoderó endémica de todos quienes vivíamos en un posible objetivo para un ataque terrorista. Creo que lloré en cada acto en honor de las víctimas al que asistí, canté con respeto cada estrofa del himno nacional, e hice míos los miedos de una nación herida.

Hace unos meses encargué el libro “El Perseguido”, de Kurt Sonnenfeld, un agente de la FEMA algo así como la Onemi de Chile, encargado de registrar todo el material audiovisual posible a horas de la caída de las Torres Gemelas. La tesis de Kunnenfeld hace alusión a teorías conspirativas, y material para probarlas tiene de sobra. El autor asegura que vio más de lo que tenía que ver, y hoy vive exiliado en Buenos Aires, y dice ser espiado constantemente, de ahí el título de su libro, que bien vale la pena leer.

En diciembre de 2006 entrevisté a John Gallagher, vicepresidente de la Corporación para el Desarrollo del Bajo Manhattan, donde estaba el World Trade Center, para mi examen de grado. Hablamos sobre lo complejo de la reconstrucción, sobre los intereses de diversos grupos afectados, y sobre la Freedom Tower, en reemplazo de ambas torres. Hace dos semanas regresé a Nueva York con el menor de mis hermanos, y me pidió ir a la zona cero, que muestra lentos avances. Grúas de construcción trabajan en el lugar, aunque siento que son las mismas de hace 5 años atrás. Respiras profundo, invadido por ese halo de muerte que no abandona el lugar, y no acabas por entender cómo lo que ocurrió en esa manzana cambió el rumbo del mundo.

Por mi trabajo actual, viajo varias veces a distintos puntos de los EE.UU. y el tema sigue en el aire, como el polen en primavera. Lo puedes olvidar por la belleza que representa esta estación del año, pero de un minuto a otro, empiezan los estornudos, a veces agobiantes e insostenibles. Como todas esas revisiones seguridad, que te recuerdan forzosamente, que cualquiera sea el sitio, nadie está a salvo de un nuevo atentado.

La noche de la muerte de Osama, mi amigo Alejandro, me mandaba mensajes desde Times Square. Todo el mundo celebrando, la prensa por todas partes, todos unidos gritando ¡U-S-A! Euforia colectiva, como si se hubiera ganado un mundial. Las imágenes las seguí atento y escéptico por los canales extranjeros, porque a esa hora en Chile se mostraba cualquier cosa menos la muerte del líder de Al Qaeda.

De EE.UU. conservo los recuerdos de mis mejores años hasta ahora, pero confieso que no me da el ánimo para celebrar la muerte de Bin Laden, porque no alcanzo a vislumbrar el retorno de la libertad para la gente. El ahora más popular que nunca,  Presidente Obama decía en su discurso “se ha hecho justicia”, aunque me cuesta hallar el sentido a la justicia sin un juicio formal. Y su otra frase: “No hay nada que Estados Unidos no pueda hacer”, me inquieta, porque bien Osama esté muerto, Al Qaeda permanece, y la amenaza real o fabricada del terrorismo, se mantendrá como un fantasma invisible, capaz de justificar cualquier acto de “guerra” del gobierno ante sus 308 millones de habitantes.

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