Tahiti con los cinco sentidos

Javier Hurtado nos inyecta calor tropical para sobrevivir al frío que vivimos hoy en Chile.

Ya está oscuro y una brisa tibia nos recibe en el aeropuerto Faaa de Tahiti. La principal isla de la Polinesia Francesa, en medio del Pacífico Sur. Una banda interpreta cantos del folklore local y un par de chicas reparten flores de tiare, que despiden un delicado perfume, a cada viajero que desembarca por las escaleras del avión, que antes hizo escala en Isla de Pascua.

Esa noche tuve mi primer encuentro con el poisson cru, un delicioso ceviche preparado a la manera tahitiana; luego vendría un medallón de atún rojo, y terminaría mi cena con una exquisita crème brûlée, influencia de sus colonizadores.

Tahiti se duerme temprano, y no hay gran vida nocturna, al menos en Papeete, donde no se vende alcohol después de las ocho de la tarde. Sus tiendas abren al alba y cierran poco después de almuerzo. Le Marché (el mercado central), muy cerca del muelle, funciona hasta las seis. Allí se pueden encontrar pescados, frutas, flores y artesanías. El, internacionalmente reconocido, monoi está por todas partes, y es básicamente aceite de coco mezclado con flores de tiare maceradas.

Papeete, es la capital administrativa y posee rasgos de una tranquila modernidad. El tráfico puede llegar a ser denso, con atochamientos incluso, pero no se oyen bocinazos. Los peatones caminan tranquilos, como si estuvieran paseando un perro. No imagino a un tahitiano bajando la ventana para insultar a nadie. El ritmo es otro, y me encanta.

Muy temprano abordamos el ferry que nos lleva -tras una hora de viaje- a Moorea, la isla del frente. Nos sentamos en la cubierta, impregnados por el aire marino, observando a lo lejos los matices del fondo del océano.

Divisamos finalmente la isla, y los cerros que se asoman entre nubes blanquísimas, me recuerdan fiordos del sur de Chile, como los del Lago Ranco, pero con palmeras, insertas en una tupida vegetación. Sobre el mar turquesa, calmo y poblado de peces multicolores, el hotel reserva los típicos bungalows de las postales o folletos de turismo, para viajeros principalmente de luna de miel.

Las playas de Papeete, no son tan claras como las de Moorea, ni las mejores de la Polinesia, pero es la isla central donde aterrizan los grandes aviones.

Recorrer Tahiti Nui y Tahiti Iti -“nui” significa grande, e “iti“, lo opuesto-, unidas por un estrecho cinturón de tierra, no toma mucho tiempo. Nos detenemos en Le Trou du Souffleur, a un costado de la carretera, donde el mar genera un gran ventarrón desde un agujero en la roca, y sopla tan fuerte, que nos levanta la camiseta. Del otro lado, unos surfistas esperan montarse en una mejor ola.

Seguimos hasta Les Trois Cascades de Faarumai. Estacionamos nuestros autos, y bajamos en medio de un sendero tapizado por la exuberante vegetación. Caminamos dificultosamente en un pozo, con varias piedras en el fondo. Finalmente, nos arrimamos a una roca para que el agua, que cae de decenas de metros, choque violenta y generosa sobre nuestros hombros. No hay turistas. Estamos solos, acompañados por el canto de los pájaros y el sonido de las cascadas.

Los paisajes, colores y gentes que muy bien representó Gauguin en sus pinturas, estremecen los sentidos de cualquiera.

La isla es sorprendentemente luminosa y las frutas huelen tan bien como saben. Doy fe de que las piñas más dulces, crecen aquí; y que el verde, delira en las colinas de Moorea; que las flores, se arrebatan todos los perfumes y colores del planeta; y que los peces parecen mariposas bajo el mar. Confieso que tengo fuertes sospechas para creer que el paraíso, probablemente esté en la Polinesia Francesa.

Con los días caigo en la obsesión de oler y mirarlo todo, porque no quisiera olvidar el aroma del monoi que todo lo inunda; ni un atardecer a la orilla del camino, donde nos detenemos a ver unas grutas. En el horizonte, el sol se funde entre el cielo y el océano; y con mis amigos atesoramos cómplices la escena, como una postal eterna, para el resto de nuestras vidas.

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