Violencia contra la mujer: No a la discreción

Hace algunos días nos enterábamos de una mujer que denunciaba a su marido y a la familia de este por una brutal golpiza que él realizó y que ellos escondieron. La bella mujer de 24 años, publicó en su facebook las fotos de su ojo en tinta y enrojecido por los golpes, mientras hacía la denuncia en carabineros.

"Sí, aunque me denigre, aunque me vea fea, aunque me vea humillada y víctima, mi marido me agredió de esta manera" era su predicamento. Si bien la acción tomada por la mujer podría constituir un riesgo para su seguridad, lo cierto es que la cobertura mediática que ha alcanzado, ciertamente ayudará a cumplir su objetivo  “Mi intención es que las mujeres hablen, que pidan ayuda, que denuncien, porque nadie se merece que la traten así”.

Y es que si hay algo peor que la violencia intrafamiliar, y la violencia contra la mujer, que generalmente tiene una menor fuerza física para defenderse, es el ocultamiento con que muchas veces se maneja. Las mujeres tienen una especie de vergüenza; siempre están las malas lenguas de gente descriteriada que dicen “algo habrá hecho” y una especie de círculo de protección de parte de la familia de los agresores.

La relación codependiente y polleruda que tienen varios hombres de nuestro país con sus madres, podría ser un gran peligro. Es cosa de ver a las madres de delincuentes que mataron a varias personas, asaltaron a otras más y traficaban drogas, alegando porque sus hijos son “buenos” y que los trataron “como delincuentes”. En este caso, la mujer dice que era una familia violenta, y que le tapaban todo a su marido.

Ese cegamiento y esa insistencia en ocultar, no sólo se ve en las familias de los agresores; muchas veces, las familias de las víctimas aconsejan que no denuncien y que se queden calladas; un poco por vergüenza, otro poco por dolor, otro poco por sentirse culpables de no haberlo podido prevenir. Se ve en todo orden de cosas, en todas las familias y en todos los niveles sociales.

Ayer veía con horror esta noticia aparecida en. Esta mujer, (la de la foto de arriba) musulmana, profesora universitaria, residente en Canadá fue agredida por su marido, quien se apoderó de una furia animal que le llevó a quitarle los ojos con los dedos. La mujer está ciega para siempre, y su hija de 3 años estuvo presente durante todo el tiempo que duró la agresión.

La familia de la víctima se dividía entre el silencio y la divulgación: el padre de la mujer quería quedarse callado, y de su tío y cuñado que quería que la prensa se enterara: era la única forma que el agresor, de origen Bangladés al igual que su esposa, fuera debidamente juzgado por las autoridades. De otro modo, dicen, ninguna diligencia hubiera sido hecha.

Muchas veces, a lo largo del tiempo, la sociedad  constituyó como un valor cardinal la discreción. Que una mujer fuera callada, piola, quitada de bulla, poco molestosa y poco escandalosa, era una virtud. Por algo en muchos colegios de monjas se le prohibía a las niñas gritar y correr, aunque fuera en el recreo. Tranquilidad, silencio.

Afortunadamente, las cosas, aunque en forma lenta, están cambiando. Sigue existiendo la violencia, pero las mujeres y sus familias se atreven a denunciar. Ya no sienten tanta vergüenza de ser agredidas; o quizá la sienten, pero aperran y dicen lo que ocurre.

Mujeres del mundo; ahora podemos y debemos, correr y gritar por los pasillos cuando alguien nos persiga; y si no puedes escapar, escóndete en el baño. Pero que sea para abrir la ventana y gritar para afuera.

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