Vocación: Un cuento erótico sobre historias de taxis

Esas locas fantasias que se pueden realizar sin destino y sobre cuatro ruedas.

La hora normal de salida había pasado hace mucho rato. Sabía que sería recompensada por trabajar más de la cuenta, a pesar que sólo durmiera cinco horas diarias. Su rutina la manejaba a la perfección, como si sus pasos estuvieran grabados en cada una de las marcas que dejaba en el departamento de Vicuña Mackenna, donde contesta llamadas desde un call center hace tres años. Sonó su celular dos veces, estaba en silencio y aunque lo hubiera oído, no tenía las ganas de hablar con la única persona que la llamaba, Fabián, su ex pareja, quien seguramente le pediría una vez más que volvieran a estar juntos.

Sofía se había ido de la casa que compartían con la madre de Fabián hace cuatro meses, luego de terminar por odiar a ambos patéticos personajes que poco a poco se hundieron en el alcoholismo sin consultarle nada a su posible casamiento programado para fin del año.

Sus 27 años se habían disuelto bajo sus ojos cansados que hace rato ya no tenían un punto fijo para dónde mirar. Mientras bajaba las escaleras oscuras del edificio con paredes transparentes, sacaba las últimas monedas que tenía para tomar el colectivo que la llevaríaa su casa. Ya eran las 11:30 p.m y las calles vacías y húmedas la hacían recordar esas exóticas películas que acostumbraba a ver con Fabián para tener una vida sexual activa, poder excitarlo y hacer por fin que le entregara un buen orgasmo.

De pronto, un taxi pasó la esquina, el semáforo estaba en rojo. Sofía levantó su cabeza, movió su abultada chasquilla y coqueteó con el parabrisas oscuro, sin identidad.

Su falda azul con contornos verdes se elevó con la ráfaga que dejó el auto al pasar por su lado y detenerse abruptamente. Su corazón se detuvo por un segundo. Ella no lo había hecho parar y aunque aún el hombre que conducía era un incógnito, le pareció atractivo. De pronto, se abrió la puerta de atrás,

Sofía subió sin pensar. Él ya iba fuera de servicio. El hombre no abrió la boca para hablar, pero sí lo hizo para meterse un cigarro y aspirar la última piteada de un belmont. Pasó el cambio bruscamente, cuando ella apenas y había cerrado la puerta.

Imaginó un secuestro, una posible violación, muerte, sangre, gritos y violencia.

No tenía nada que perder. Se dejó raptar por un desconocido, por esa mano fornida que se veía sólo cuando la luz tenue de los focos de las calles iluminaba sus nudillos.

Pensó en tocarlo, en sentarse a su lado, decirle que parara el auto, que a dos cuadras de distancia había un motel muy conocido, pero si quería algo más solitario fueran a donde él escogiera.

Se sentía poderosa, una mujer deseada, virgen, dulce e inocente. Pensó en Ricardo Arjona, en esa rubia preciosa que usaba minifalda. Se subió un poco la suya, cruzó las piernas. La mano movió el retrovisor y unos ojos negros inundaron su rostro que cada vez se hacía más seguro, sensual, acalorado.

Sacó su labial. No lo usaba hace una semana, estaba un poco seco y acabado. Metió su dedo en el espacio que tenía un poco de rojo pasión, se lo esparció por los labios e hizo un gesto con su boca. Sofía sabía que la estaban observando.

El semáforo quedó en rojo, el taxista dobló en la esquina rápidamente. Se estacionó en un peladero oscuro, tenebroso, lejos de otros autos que estaban en el mismo sitio. Subió sutilmente el volumen de la radio, era Luis Fonsi quien ponía el romance en el ambiente. La mano del hombre se salió de su espacio, tocó el pie de Sofía, subiendo lentamente hasta sus muslos. Se detuvo allí para que ella hiciera el resto. Se pasó con una pierna hacia delante. No podía ver su rostro, pero en esa circunstancia ya no importaba. Se sentó sobre él, con una pierna a cada lado, lo besó con rabia, con ganas de que fuera suyo por siempre. Le sacó la camisa sudada, soltó su cabello y se convirtió en la protagonista de esas pornos que siempre había querido ser.

Enloqueció, gritó, gimió hasta terminar en un orgasmo que se detuvo cuando la fornida mano de ese desconocido presionó su boca para que la música retornara.

Abrochó su blusa, se bajó la falda, amarró su pelo y volvió al asiento trasero. El hombre por fin habló para preguntarle su destino. Ella se la dio con voz de sueño, como si hubiera despertado de una larga noche de descanso. Luego de varios minutos, el auto negro se detuvo. Sofía tomó su dinero y estiró la mano hacia delante para cancelar el servicio, pero la mano del desconocido también estaba estirada con diez lucas que se las posó sobre las piernas. Le entregó una tarjeta y le dijo que se bajara. Sofía tomó sus cosas, la plata y su atónita expresión de sorpresa.

Al día siguiente renunció a su trabajo.

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