La última llamada

Una historia soprendente que solo el feeling puede explicar.

A pesar de entender y saber lo que es el matrimonio, nunca había ido a uno. Siempre tengo amigos que me contaban lo entretenido que eran este tipo de fiestas, nunca falta la anécdota picarona, el curao’ chistoso, la soltera que agarró el ramo, etc. Típicas costumbres que celebran la unión entre dos personas que están dispuestas a cuidarse el uno al otro por el resto de sus vidas.

Siempre imaginé que aunque no tenía ganas de casarme, podría ser bonito ser parte de una ceremonia de este tipo, en el fondo ser partícipe y testigo de ese amor y de esa unión.

A mis 24 años nunca había ido a un matrimonio, tenía amigos que tenían por lo menos ocho ceremonias en el cuerpo. Pero analizándolo, soy una de las mayores de mis primos, soy la hermana mayor, de mis amigas ninguna pensaba en casarse, por lo tanto no tenía por donde.

El verano ante pasado me llamó mi viejo y me dijo que si lo quiero acompañar al matrimonio de la hija de un compañero de trabajo, y yo le respondí positivamente sin pensarlo dos veces, necesitaba saber lo que significaba esa experiencia.
Y así fue, unas semanas después un día sábado, mi papá me pasó a buscar y yo figuraba con un vestido y bien peinada -algo que pocas veces verán en mí-.

Mientras iba camino al matri, mi viejo me dio “la charla” explicándome que a pesar de que era un matrimonio, tenía que “portarme bien” porque estaban sus compañeros de trabajo, sus jefes, sus empleados, etc. Y que por favor controlara los pisco sour y las palabrotas, ahí pensé -¡dónde me vine a meter!-.

La jueza llegó tarde, la novia se veía maravillosa y de fondo había un atardecer hermoso, los novios se miraban totalmente enamorados, no había nada más que ellos, creo que entendí el deseo de casarse de muchos al ver esa situación.

Pasamos al cóctel, mi papá me presentó a sus compañeros de trabajo, con los cuales nos tocó en la misma mesa. Comimos y a la altura del postre (y unas copas de vino, champaña, vino y champaña) llegó una señora muy amorosa (abuela de la novia) y le preguntó a mi papá -“¿quién es esta niña tan linda?”-, asumí que hablaba de mi (porque no había nadie menor de 45 en esa mesa). Mi papá respondió que era su hija, la saludé, conversamos un rato y me dijo que quería presentarme a alguien, pero se retiró de la mesa.

No me imaginé quién podía ser y tampoco le di más importancia, pasó el rato y con mi papá ya estábamos bailando con todo el show (aunque no lo crean bailar con mi papá es lo más entretenido del mundo), descansé un segundo para ir al baño y cuando salí, la señora amorosa me estaba esperando afuera, me pidió que la acompañara y obviamente no pude negarme.

Me llevó hasta una mesa donde había ocho personas. La verdad es que m sentí un poco avergonzada porque no conocía a quienes estaban ahí, pero esta señora me miraba con una cara de amorosa que no podía decirle que no a nada. Me presentó a toda la mesa, los saludé a todos uno por uno, hasta que llegué al último comensal. -Y por último, mi sobrino preferido, ojalá bailen en algún momento y se conozcan más-, me dijo. ¡En ese momento casi morí de vergüenza!
Luego de esta embarazosa situación me fui a mi mesa, donde estaba mi papá sentado, le conté mientras nos tomábamos una cosita poca (ooh si) y de repente veo venir hacia mí al sobrino de la señora amorosa, Pedro era su nombre. Se acercó a mi papá y muy galante le pidió autorización para bailar conmigo. Me miró y lo invité mejor a la barra, accedió.

Mientras esperábamos el famoso “trago largo”, comenzó a hablarme de su vida, esperando que yo hiciera lo mismo con la mía. Volví a mi mesa, se sentó conmigo y conversamos los típicos temas que se habla con alguien que acabas de conocer.
Al rato me pidió permiso y volvió a la mesa con su familia, yo seguí bailando con mi papá, me dolían los pies de tanto moverme al ritmo del merengue. De verdad lo estaba pasando muy bien nunca me imaginé lo divertido que puede ser un matrimonio. De pronto llegó Pedro y me invitó a bailar.

Bailamos un par de horas con algunos intermedios para tomar aire e ir en busca de unos tragos. Me miraba con una cara que no había visto antes y yo sentía algo en el estómago cada vez que lo observaba, quería ser tierna y coqueta. Él era caballero y amoroso.

En un minuto me tomó la mano y a las 03.45 a.m. me pidió que saliéramos a tomar aire al sector de la piscina. Salimos y el frío me golpeó, como era su estilo obviamente me pasó su chaqueta para que me abrigara. Hubo un minuto de silencio y luego me dijo que nunca había conocido a alguien como yo, que me quería conocer más, que viajaría todos los fin de semanas a verme (era de Antofagasta) y que nunca había sentido lo que estaba sintiendo. Quedé perpleja, no entendía lo que me estaba diciendo y tampoco lo que yo estaba sintiendo, yo también quería conocerlo más, podríamos haber pasado toda la noche conversando, nos entendíamos perfectamente.

Volvimos a bailar por un buen rato más y a las 04.50 a.m. mi papá me sacó de la fantasía para pedirme que nos fuéramos. Dejé a Pedro, fui al baño, me arreglé un poco y al salir mi papá estaba esperando en la puerta, ya se había despedido de todos, traté de ubicar a Pedro con la mirada, pero no lo encontraba, así que me di media vuelta y un poco decepcionada caminé a la puerta, en eso llegó Pedro corriendo y me dijo que buscaba su celular, no lo había encontrado, pero quería que le anotara mi número en una servilleta, me reí porque en la servilleta decía “mona cel”, cómo me dice mi viejo, anoté mi celular, me abrazó y me dijo -¿estás segura que te quieres ir? Te puedes ir en un rato más, yo te llevo a tu casa-. No sé por qué sentía que tenía que irme con mi papá, por más ganas que hubiera tenido de conocer más a Pedro y así fue. Me despedí y seguí mi camino.

Llegué a mi casa a dormir, estaba tan cansada que me quedé raja inmediatamente. Al otro día cuando desperté en la mañana tenía dos llamadas perdidas en mi celular de un número no registrado y un buzón de voz a las 5.35 a.m. (nunca los escucho, siempre los borro) en algún momento pensé que podría ser de Pedro, pero lo dejé pasar.

Una semana después Pedro no llamaba, justo ese fin de semana fui a ver a mi papá y me dice que me tiene que contar algo para nada bueno, nos sentamos y le dije -Te escucho-. Me miró a los ojos, se quedó en silencio unos segundos y me preguntó -¿Te acuerdas de Pedro?- . No le respondí, era obvio que algo malo había pasado.

Después del matrimonio, Pedro manejó al hotel donde se quedaba y chocó. Murió a las 05.40 a.m. Cuando encontraron el cuerpo revisaron sus pertenencias, encontraron una servilleta en su billetera y la última llamada hecha desde su celular había sido a mí.

La vida es frágil y pienso que hay que vivirla a concho, a veces, es difícil ser responsable y no dejarse llevar por la intensidad. Creo que fui afortunada en no subirme a ese auto y creo que fue desafortunado lo que le pasó a Pedro. Luego de dos años, aún pienso en todo lo que pasó esa noche. No olvido las cosas malas, porque de ellas aprendo, pero nadie dijo que era fácil.

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