Relatos: Santiago sin Santiago (Verso de la canción del cantautor Angel Torres)

Si yo pudiera leer la Biblia y entender la parábola, si yo fuera menos bruta, si mi forma de conocer no fuera de lengua y fuego, de látigo y arado, si yo pudiera…

Se puede tener a alguien sólo por la boca.

Una imagina que es bebiéndoselo, ya he conocido hombres que se me disolvieron en los labios, me endulzaron una tarde y sin embargo, recuerdo apenas vagamente el empeño.

Otros me provocaron un hambre animal, una violencia de destrucción y desaparecimiento, hombres que fueron mordisco y sueño, fantasmas que me comí sobre las mesas y las camas, aullando, con este estigma de loba que tanta vergüenza causa. Los trepé como a cerros inhóspitos, les puse hierros en las nalgas y los convertí en mi jardín. No obstante, tampoco los tuve profundo porque tenerlos profundo es algo más que amarrarlos y cogerlos, algo más que mojarles los hombros con saliva mientras les cuelgo impudicias en los oídos y me muevo como una culebra cordillerana, marcándoles mis caminos en la arena; algo más que la desazón de un sexo que se ocupa para escribir en un cuaderno improbable.

Se conoce y se tiene profundo a alguien en forma oral, de eso no hay duda posible: se le posee en la palabra, se le coloniza en las sílabas afonas y se le marca entre líneas el tono del párrafo que se desea que exprese y, en paralelo, esa lectura también nos pone riendas, nos vuelve yeguas dóciles, briosas animales con los ojos húmedos.

A algunos hombres (los menos y los más caros) sólo se les tiene así: vocalizados, dichos, expresados en palabras que se dejaron caer como caquis remaduros. Se les abraza de lejos, gritando con los ojos, verbo y semilla líquida, verbo y sementera de agua. Del exacto modo que me sucede con éste que tiene nombre de apóstol y de ciudad latina. Lo miro con una pulcritud de monja carmelita, todo pudor oscuro vestido, lo miro y me parece que en el fondo de los ojos tiene explicaciones para aquellas cosas que desconozco, que de alguna manera que no comprendo guarda las piezas perdidas del gran rompecabezas que nunca pude completar, tiene en los bolsillos mis bolitas de vidrio perdidas en hachita y cuarta, tiene los guatapiques que les reventaron la siesta a mis vecinos, tiene un pedazo de cordillera puesto justo en el
ombligo…

Si yo pudiera leer la Biblia y entender la parábola, si yo fuera menos bruta, si mi forma de conocer no fuera de lengua y fuego, de látigo y arado, si yo pudiera…

Me inclino a mirar por la cerradura sin golpear su puerta y sin quebrar las rejas, le dejo ser: suelto las
manos y a la par suelto el llanto.

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