Tiempo con los hijos: calidad o cantidad

Cuando los niños se desorganizan, se angustian, tienen pena o rabia ¿quiénes los ayudan a recuperar la organización cerebral? ¿Las papas fritas? ¿La tele? ¿Yingo? ¿Ese nuevo amigo en Facebook? ¿O nosotros, sus padres?

Cuando era niña, soñaba con que mi madre trabajara menos. Muchas veces le rogué que no fuera a trabajar, simplemente quería estar acurrucada con ella.

¿Creen que los niños de hoy no sueñan con lo mismo?

Pero con tanta publicidad en la cabeza, no les queda otra que pedir regalos para Navidad. Sin embargo, entre las cuatro paredes de la consulta y en cartitas ocultas, se escuchan los verdaderos deseos.“Quiero estar más con mi papá, trabaja mucho y lo echo mucho de menos”. “No saco nada con reclamar más tiempo. Si pido más tiempo, no tenemos vacaciones”. “Yo nunca, nunca, nunca como (ceno) con mis papás; ellos tienen trabajos muy importantes”.

Y nosotros, los adultos, inmersos en el paradigma de que trabajar 24/7 es de excelencia. Avanzamos convencidos por el sistema de que trabajar lejos de casa y dejar a nuestros hijos institucionalizados a temprana edad es muy bueno. Es lo que algunos pocos “que tienen todo” nos quieren hacer creer. De pasada nos atemorizan: “Si haces lo que deseas, perderás trabajo y opciones de futuro para tus hijos”. Un sistema que nos dice que trabajar mucho es bueno. Bueno para algunos.

Me entristece esta realidad, no sólo por los niños que sufren la ausencia. También me pone triste saber que existimos hombres y mujeres trabajando ocho horas diarias, más dos de traslado, con el cerebro lavado con que calidad es mejor que cantidad. Nos queremos convencer de una ilusión. Si vemos la realidad, sin las sombras y las medias luces que nos indican que “todo está ok”, “para algo pago un buen colegio”, “total, están en clases”, “no me queda otra que trabajar”, “no me atrevo a cortar y cumplir con mis deseos de trabajar desde mi casa o en media jornada”, nos damos cuenta de que son sólo racionalizaciones, minimizaciones, negaciones. En resumen, un montón de mecanismos de defensa que nos permiten engañarnos un momento y seguir camino al gimnasio luego del trabajo.

Qué dura realidad.

Me apena que los adultos no podamos nutrirnos de nuestros hijos, de su espontaneidad, de su ingenuidad y de su enorme capacidad para entregarnos amor, me preocupa que seamos adultos trabajólicos y que hayamos perdido la capacidad de vinculación real. Me alarma que estemos todos tan desconectados de las relaciones de amor más importantes, pero tan conectados en la relación con el jefe, con el poder, con el éxito, con la idea absurda de pensar que por trabajar más horas, produzco más.

¿Muy dura yo?

Nada, nada de dura en comparación con cómo se ponen los corazones, las estructuras cerebrales y las sinapsis neuronales de nuestros hijos por la falta de presencia materna y paterna.

Recordemos que “saber que el cerebro cambia en respuesta a nuestra manera de ejercer la paternidad puede ayudarnos a criar a un niño más fuerte y resistente” (Daniel Siegel, “El Cerebro del Niño”).

Somos nosotros, sus madres y padres, los que nos transformamos en una fuente confiable para ellos si les ofrecemos contención y palabras a las lágrimas, si les facilitamos los encuentros familiares para las risas espontáneas, para los cantos, para que nos muestren cómo bailan. Somos nosotros, sus padres, los que podemos aclarar sus dudas con información veraz. Es el olor de nuestro cuerpo el que los niños esperan sentir.

De nosotros depende que ellos desarrollen sus potenciales, pero para eso debemos descubrir los talentos de nuestros hijos y acompañarlos en que logren desplegarlos.

De las figuras de apego depende la sensación interna de gratificación, bienestar, salud, en la medida en que somos capaces de sintonizar con sus necesidades, darles satisfacción y restablecer el equilibrio perdido de esas personitas que crecen. Cuando los niños se desorganizan, se angustian, tienen pena o rabia ¿quiénes los ayudan a recuperar la organización cerebral? ¿Las papas fritas? ¿La tele? ¿Yingo? ¿Ese nuevo amigo en Facebook? ¿O nosotros, sus padres?

Ya sabe la respuesta si está fuera de la casa diez horas. No me diga que el fin de semana le entrega una hora de “calidad”. Imposible, no le voy a creer. Si queremos que nuestros hijos sean personas seguras de sí mismas, un aporte para la sociedad, profesionales, felices… necesitamos dedicarles MUCHO TIEMPO, por tanto la cantidad es clave. Mientras más tiempo con ellos, aumenta la probabilidad de entregarles tiempo de calidad.

Ahora bien, recordemos que no sólo somos padres y madres, también somos amigas, hermanos, hijos, que queremos hacer algo de deporte e ir a clases de pintura. Queremos visitar a la abuelita que nos hizo tortas y nos cuidó cuando estábamos enfermos. Somos personas, ¿tenemos tiempo para nosotros? También queremos twittear y encontrarnos con amigos en Facebook. Además queremos ir al supermercado, hacer un asado con los amigos el sábado o ir a la peluquería.

¿Cuántas horas de calidad a la semana entregamos a nuestros hijos que crecen y que esperamos les vaya muy bien en la vida?

Las experiencias que les ofrecemos y las relaciones que establecemos con ellos moldean el cerebro de nuestros hijos. A menos tiempo… usted ya sabe.

Los invito a unirse al movimiento CONCILIACIÓN REAL YA, que es parte de la Revolución del Amor, del Movimiento Ocitocina, de la Revolución de las Rosas, de la Revolución Calostral y de muchos otros movimientos unidos por el deseo de conciliar trabajo, personas y crianza respetuosa. Movimiento que se inicia por mujeres en todas partes del planeta, que es apoyado por los nuevos hombres y que están leyendo personas éticas que trabajan para los gobiernos.

Si usted está desconectado de sus procesos internos, no quiere mirarse a sí mismo, quiere evadir sus emociones o tiene problemas con sus propios padres, siga trabajando… o conéctese de verdad: “integrar y cultivar tu propio cerebro es uno de los regalos más afectuosos y generosos que puedes ofrecer a tus hijos” (D. Siegel).

Y no es mala esta idea que propone el pediatra español, Carlos González: “Tendríamos que convencer de esto a nuestros jefes: ‘A partir de ahora, vendré sólo dos horas al día a trabajar, pero como será tiempo de calidad, haré lo mismo que otros en ocho horas y cobraré lo mismo’. En cualquier trabajo, como en cualquier actividad, desde poner ladrillos hasta tocar el piano, sólo se puede conseguir el éxito a base de ‘echarle horas’. ¿Por qué pretenden hacernos creer que cuidar a nuestros hijos es, precisamente, la única actividad humana en que el tiempo se hace elástico?”.

Leslie Power
Psicóloga Clínica

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