El tamaño no hace la diferencia

Ni en la cama, ni en la vida.

Siempre he sido la chica chaparrita. En ningún punto de la vida he sido alta y de hecho estoy a 5 centímetros de ser considerada legalmente midget en Estados Unidos. Y si, siempre hay cosas que no podré alcanzar en el súper mercado, y claro que nunca podré participar en Nuestra Belleza México, o ser azafata y viajar por todo el mundo, pero más allá de eso, no creo que el tamaño que tengo influya negativamente en mi vida.

Y con esas mismas expectativas de tamaños, o sea, sabiendo que en realidad no importan tanto, llegué a esa época en la vida en que toda esa experiencia también se pasa a otras áreas de la vida. Por ejemplo, la cama. Donde se supone habría bastante diferencia, o eso nos han contado, ¿no?

Recuerdo tan claro un episodio de Sex and the City, no sé de qué temporada, donde Samantha tiene un novio a quien quiere mucho, pero que su tamaño deja mucho que desear y hace un enorme berrinche al respecto. La relación dura un par de episodios, precisamente por ese problema.

Pero yo les quiero contar una historia opuesta. Donde, además de que el chico era refrescantemente diferente a los exes con unos kilitos de más, alto y guapo, tenía gustos totalmente diferentes a los míos y parecía tener una fascinación extraña cuando le contaba sobre mi vida y planes. Era algo totalmente nuevo, les digo, diferente.

El chico tenía el mejor equipo que se haya visto, pero que el performance dejaba mucho que desear. Mucho que desear.

Dicen por ahí que los hombres bien dotados tienden a confiarse de este hecho y en realidad no usan otras armas que en realidad pareciera no ser tan bueno.

Ustedes qué opinan. ¿Les ha pasado algo parecido o lo contrario?

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