Mujeres

No te pierdas el nuevo relato de Carmen Mantilla... ¿Y tú? ¿Qué tipo de mujer eres?

Frecuentemente ella olvida los paraguas en las manillas de las micros, en los mostradores de las cordonerías deja las llaves de la casa y vuelve a buscarlas a los mesones confundida y estropeada, pensando que otra vez tendrá que darse maña para entrar por el balcón del vecino. Conversa con el hombre como con un extraño en el autobús, se miran, se buscan parientes, se comparten recetas de postres y se dan remedios caseros para la gripe… Se reconocen los lunes siguientes, en otras micros, otoños después del olvido que escribe todo con tinta invisible, textos que se leen sólo al contraluz de una vela.

En un baile ancestral, danza como un durazno de carne dura frente a un espejo sudado, se enlazan como volutas de un cigarrillo consumiéndose. Articula su desorden palabrero, la boca y el abrazo, convenciéndolo que en las madrugadas el mundo es tierra fértil que convoca a amarse detrás de las puertas. Llegan cansados y urgentes, suben al ascensor, marcan el piso cuarto, afirmándose ella en el costado derecho, deja caer la cabeza hacia atrás, cierra los ojos y ofrece con un movimiento imperceptible el sexo, zorzal atolondrado que desde las dos de la madrugada está cantando… Tiembla como un oso con fiebre cuando entran y se convierte en un salmón que lo nada corriente arriba contra la muralla, dándole la espalda y el corazón en un mismo estremecimiento. Movimientos de marea panamericana. Un extraño anfibio con rimmel, un axolotl con la boca en verso. Sobre la cama estrecha que comparten por primera vez se le pega al costado como un quitral joven, y comienza a florecer roja, rojísima, incendio parásito sobre el árbol que resiste, le busca el cuello y le escribe algún recado húmedo entre oreja y nuca, apunte de lengua encinta que deja hijos nuevos en su memoria. Le cuenta las más arbitrarias cosas cuando hay tregua.

Le confiesa que busca personas cuyas tarjetas de visita encuentra botadas en la calle: dentistas, gásfiter, choferes de taxis, acupunturistas, asesores de fondos de pensiones, un maestro en bondage que la ató como una mariposa y la dejó prendida al cielo al que se accede por bautismo inmóvil. Ríen. Le cuenta que una vez tuvo una lagartija que le mordió el labio y que su abuela la echó al patio de la casa junto a la lagartija que sin cola escapó entre los crisantemos del fondo. También le cuenta que encontró un sapito: su marido también la mandó a cambiar al patio y le puso el cloro en la ventana, so pena de quitarle la tuición de la hija si no se desinfectaba las manos (y el alma de pasada). Otra vez rieron.

Le pregunta la hora (que no importa ni un santo boleto porque en el momento que comenzaron a besarse el tiempo se lanzó desde la pasarela contra el pavimento y yace ahí muerto, bien muerto, como una paloma triturada por los camiones). El tiempo es como una capa mágica con la que se han ocultado de todos los otros amantes nocturnos, de las guaguas que en los departamentos contiguos lloran la tragedia en Gaza, pequeñas rebeliones mapuches que no aceptan biberones ni pactan con el sueño y que en la noche se unen en un solo llanto. Desaparecieron también los conserjes preguntones y el vecino del otro frente que espía con catalejo la vida que no vive. El tiempo no existe, ¿para qué el reloj cuando su lengua la interroga vehemente?

- ¿Qué tipo de mujer eres? le pregunta él con los ojos cerrados cuando con la tregua suspensa, vid abajo, ella busca el vino…
- De las chasconas, responde, y se queda en silencio.

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