Empaquetadores de Supermercados: Una nueva esclavitud

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Los jóvenes no tienen alternativa

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Me enteré gracias a El Mostrador del estricto código de conducta para los empaquetadores de supermercados asociados a la empresa Tipper´s Service, una empresa contratista que se dedica a proveer de empaquetadores al supermercado Líder, recientemente adquirido por la cadena norteamericana Walmart.

El sistema es más o menos así: Tipper´s establece que los empaquetadores usen un uniforme (normal) y que deben cancerlalo ellos mismos; el primer día de entrar a trabajar, y su valor es de $16.500.

Tipper´s Service vendría siendo una derivación de Tip, propina en inglés, y está liderada por Oscar Eduardo Gómez y Miguel Ángel Quijada. La relación con los jóvenes trabajadores, no responde a ningún vínculo contractual. Además de comprar y llevar en todo momento el uniforme, los jóvenes deben seguir un código de vestuario: sólo las mujeres deben usar aros, y estos deben ser cortos y de colores suaves. Ni pantalones pitillo ni cargo ni nada demasiado llamativo está permitido. No pueden comer chicle, fumar, cruzarse de brazos o de piernas ni apoyarse en los muros. No pueden “demostrar cansancio” y deben sonreir moderadamente.

Lo complicado no sería tanto lo anterior sino el hecho de que deben PAGAR  por trabajar. Tal cual. Al comienzo de cada turno, deben pagarle $500 al “líder de grupo” . Y sólo podrán acceder a los turnos en la medida que vayan cumpliendo el código. Si no puede cumplir con el turno, debe buscar él mismo un reemplazante dentro del grupo; si no lo logra, queda “fuera de la agrupación”.

Los requisitos para postular a Tipper´s Service son tener entre 18 y 28 años, ser estudiante de enseñanza superior o de preuniversitario y tener “buena presentación laboral”

¿Contrato laboral? Ninguno ¿Seguro de accidentes? No se menciona.

La verdad es que no son pocas las cosas que pasan en los supermercados y que nosotros sólo nos enteramos cuando la prensa hace su trabajo. Como esto de los empaquetadores y lo que supimos en otro día por el programa Esto No Tiene Nombre, de TVN, en el que mostraban a unos empleados de la cadena Santa Isabel que trabajaban encerrados con llave.

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Raro, aunque no tanto. Cuando entré a trabajar como empaquetadora (empaques en jerga popular) de un supermercado por el verano de 1998, tuve que comprarme una polera que me costó $4.000 pesos. Pude pagarla al final del día, pero sí o sí tenía que ir con la polera. Como a nadie le interesa tener varias poleras con el logo de un supermercado (y estaba ahí para ganar plata, no para gastarla) sólo tenía una que lavaba todas las noches. Al retirarme, se la regalé a una compañera de trabajo. También tenía que usar una pechera tipo delantal; esa me la prestaban pero tuve que dejar un dinero en garantía, y firmar una serie de papeles que no sé qué tan válidos eran dado que a la fecha tenía 12 años. Sí me exigieron llevar un permiso notarial de mis padres donde me autorizaran a trabajar.

También me exigían llevar mi propio pañito para limpiar la caja cada cierto tiempo (cuando la caja hacía cierre y cuando había pocos clientes). Tenía que ir a reponer las bolsas cada cierto rato a servicio al cliente, si no habían, tenía que ir a buscarlas a otro lado que estaba lejos, y perdía aproximadamente quince minutos en esta actividad. (Eso era pésimo porque no podía recibir propinas en este tiempo). Cuando la cajera necesitaba sencillo, debía yo ir a decirle al guardia que iba a ir a cambiar plata para que me observara bien, volver a la caja, ir a servicio al cliente, cambiar la plata, volver a la caja, y finalmente ir donde el guardia que supongo intercambiaba alguna mirada con la cajera para confirmar que no me hubiera quedado con parte del dinero. Muchas veces, también tenía que ir a recoger carros del estacionamiento.

Era imperativo que yo embolsara todas las cosas que pasaban los clientes por caja, independientemente si el cliente lo deseaba o no, pues había que “apurar la fila”. Era imperativo también que, cada cierto tiempo, tuviera que ir con un carrito lleno de cosas caminando por los pasillos devolviendo todas las cosas que las personas se arrepintieron de comprar.

El supermercado no gastó ningún peso en mí. No me pagó nada y sin embargo, tenía a su disposición un staff completo de gomas uniformados y con sonrisa falsa a los que podía manduquear, ningunear y humillar como si nos estuvieran haciendo un favor. Yo era chica y si bien intuía que había algo que no estaba bien, no me atrevía a reclamar demasiado.