¿Quieres sexo? Ten sexo

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Con sexo o sin él, todas las relaciones son susceptibles de irse al diablo. Así que mejor tengamos sexo.

Un lugar común: Fulanita se reúne con sus amigas y les cuenta que tiene un nuevo novio. Ellas le preguntan qué tal el sexo, a lo que Fulanita responde: “No hemos tenido sexo”. “¡¿Por qué?!”, preguntan las demás. Ella explica que él ha decidido esperar a que se conozcan mejor, a que exista una “conexión profunda”, para que la experiencia resulte “significativa”.

Las amigas lanzan comentarios del tipo “él sí que está interesado en ti”, “en verdad le importas”, “es un caballero” (la peor de la lista). Las amigas a veces hacen eso (supongo que no es por maldad). Si ustedes fueran las amigas de Fulanita, ¿le dirían lo mismo? Yo no.

Tal vez me quedaría callada, me esforzaría por no vomitar un “él no te desea.” Sería la amargada de la noche. Me las arreglaría con mi pequeño arrepentimiento un rato (ya saben: “¿por qué no puedo sentirme feliz por ella?”). Luego me pediría un vodka.

¿A quién desea el novio de Fulanita y a quién no? ¿Representa la espera un fastidio para Fulanita o la entiende como un bálsamo, un alivio? No podemos saberlo. Pero me cuesta trabajo creer que hombres o mujeres pospongan el sexo a la espera de una “conexión profunda”, como si el riesgo de que todo se vaya al carajo estuviera determinado por el sexo y nada más.

¿Qué creen que sucedería si Fulanita y su novio tuvieran sexo ahora, cuando apenas llevan un par de semanas saliendo? Tres escenarios posibles:

  1. El sexo es interesante y divertido, y los dos siguen saliendo, siguen acostándose juntos, el tiempo que dure (unos días, unas semanas, unos años).
  2. El sexo es ordinario o desastroso, y los dos siguen saliendo; tal vez el sexo mejore por ahí del segundo o el tercer encuentro, tal vez no, pero siguen acostándose juntos, el tiempo que dure (unos días, unas semanas, unos años).
  3. El sexo es ordinario o desastroso. Tanto, que Fulanita y su novio deciden no verse más, pues descubren que ya no están interesados en lograr una “conexión profunda”.

En los tres escenarios la “conexión profunda” (pido disculpas por mi insistencia en las comillas) puede terminar malograda. ¿Por qué culpar al sexo, habiendo en el panorama tanta jugosa imposibilidad? Todo, absolutamente todo en la vida puede malograrse, con sexo o sin él.

Según el tamaño de la lupa, según el ángulo, el sexo puede ser significativo o estar vació de significado. Soy de las que observan desde la primera perspectiva. Para mí, nunca es sólo sexo. Con el amor de mi vida, con el infaltable patán, con el incauto del bar (cuyo nombre desconozco)… siempre tengo sexo simbólico.

Irme a la cama con alguien tiene que ver con orgasmos, pero mucho más con protagonismo y contacto físico (afecto en miniatura). Me acuesto con la gente por diferentes razones: el amor o la atracción desmedida son sólo dos de ellas.

Me acuesto por curiosidad, porque la conversación lo vale, porque quiero averiguar cómo se despeja la ecuación del último vodka que ordené en la barra. Por convivir (como esas fórmulas que se repiten en Twitter y que parecen cobrar sentido a partir de una sola variante: un hombre, en este caso).

Por eso, si quiero sexo, tengo sexo. Y si no quiero, no lo hago. Es raro que no quiera. Difícilmente espero. Que Fulanita y su novio esperen sentados por su “conexión profunda”: mientras llega, pueden ponerse a tejer.

Yo me acostaría feliz de la vida con ambos (con, sin o a pesar de la conexión). Si se murieran de las ganas, claro. Porque me incomodan las medias tintas.