Apuntes teatrales sobre placer significativo

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El sexo anal como una experiencia espiritual, que se traduce en dramatismo y miedo: todo el placer imaginable.

En La rendición, novelita que emula una especie de diario íntimo del sexo, Toni Bentley habla del sexo anal como una experiencia espiritual. La reflexión sucede al principio, mi parte favorita de la historia: ese dolor mezclado con placer conduce a la protagonista a una conexión consigo misma y con el cosmos.

El sexo por placer como un ejercicio del espíritu o de la mente. La incomodidad y el dolor como componentes rituales. Concedo razón a Bentley. Pero hay algo más.

En mi caso, el magnetismo del sexo anal tiene que ver con el miedo, un masoquismo de clóset al principio, sólo al principio, porque luego se convierte en manifiesto y convicción.

Nunca me siento tan asustada como cuando decido ponerme en las manos del otro, en donde no tengo nada que decidir. Pero someterme, en ese momento, me libera. Bienvenido sea el miedo, por lo tanto. Lo que sigue es dejarme rebasar por las sensaciones, generalmente memorables.

Durante el sexo anal, sufro sin dejar de pasarlo bien. Transcurridas unas horas del encuentro, todo cobra nuevos significados. El recuerdo es tan dramático, está tan intervenido por el capricho, la narratividad y la memoria, que me planteo el episodio como el mejor sexo imaginable. “Sí, me dolió hasta el alma, pero fue teatral, fue trascendente”, suelo pensar.

Si no me doliera, sería imposible la construcción de la historia. Sacrifico mi propia comodidad a cambio de obtener glorias íntimas, profundas, dignas de narrarse solas.

Existe este hombre llamdo P. La primera vez que me penetró por atrás fue un parteaguas, un partenalgas, un partemadres. El tema ya se había puesto sobre la mesa. Le comenté que no era nada nuevo para mí, pero sí difícil. “Tienes potencial”, me contestó. Arrogante, encantador.

Luego, en la cama, fue paciente. Lo hizo sin prisas pero también sin miramientos, en conatos repartidos en varias sesiones. Antes de que lo lográramos por completo, le pedí que no siguiera.

Horas más tarde, en el auto, le eché en cara su atención a mi solicitud: “No debiste detenerte”, le dije. “Te estaba lastimando”, me contestó. Más por histrionismo que por otra cosa, le recomendé: “La próxima vez, lastímame. Hazlo. Voy a gritar y te voy a pedir otra vez que te detengas. No me escuches, sólo hazlo. Una vez que entres, quédate quieto, y yo me iré acostumbrando.” Los dos nos sorprendimos. A los dos nos gustó la idea.

Cuando llegó la próxima vez, ni siquiera sentí la necesidad de plantear una de esas palabras de seguridad, en un total desacato del código BDSM. Me quedaba claro que P tenía las claves para descifrarme, aunque su existencia en mi vida y en mi cama era reciente.

Sí me lastimó. Pero fue tan implacable y preciso, que mis “detente” obedecían al dramatismo tanto como al dolor. Me convertí en practicante devota e hice del sexo anal un ejercicio propio de las fiestas de guardar.

P, con su sola inclinación sodomita, me ha hecho llorar en la cama. De dolor, de desconcierto, de protagonismo. “Esto es una vorágine, estoy sintiendo demasiadas cosas, me fascina y me rebasa”, me repito mientras lloro. “¿Lloras por lo que pasó?, ¿te duele demasiado?”, preguntó él la primera vez.

Lloraba de orgasmo. Lloraba porque estaba conmovida, pero no supe explicárselo. No me extrañaría que, a estas alturas, P entienda mi llanto como una celebración de su pericia o de su verga.

Mientras escribo esto, P habla conmigo en una ventana de chat, sobre una posible cita. Le pido que sea amable, que lo haga despacio. Me responde que no puede, que no le sale: un piropo de primer nivel que desata mi vocación escénica.