Mi primer examen de VIH

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No soy una experta en el tema, pero tras conversarlo con mis amigas me di cuenta que somos pocas las que nos hemos hecho el test.

*Por Fernanda Carvajal

Tengo 21 años y hace dos semanas me hice mi primer examen de VIH. Decidí hacerme el test rápido, porque tal como han mostrado los últimos días en la tele, los resultados del famoso Test de Elisa se demoran entre 15 a 30 días. No iba a esperar tanto: soy una persona profundamente ansiosa.

Llegué a hacerme el examen al primer lugar que encontré en Google. Ninguna de mis amigas me podía recomendar algún lugar porque nadie se lo había hecho. Todas sexualmente activas, veían al test de VIH como algo que se hace sólo en circunstancias extremas. De hecho, una de ellas me preguntó por qué me lo iba a hacer si tenía pareja estable. Otra me preguntó si había engañado a mi pareja. Lo mismo cuando llegué a tomarme el examen. Antes de sacarme sangre, me hicieron una consejería en que preguntaron si había estado con alguien que ejerciera el comercio sexual.

Me hicieron firmar algunos papeles mientras me daban información sobre el test rápido de VIH: está certificado por el ISP, cuesta $40.000 –e incluye el examen de sífilis y hepatitis B–, sólo lo hacen privados–no se puede reembolsar en la Isapre, al menos en el lugar en el que yo me lo hice– y su efectividad es de 99%. Esto en un box donde entré sola y todo era extremadamente confidencial. Tras explicarme los pasos a seguir, me llevaron a una sala donde me esperaba la enfermera del lugar.

Tomó mi mano y me pinchó un dedo del que salió la sangre que ocuparía para los tres test: eran muy similares a los de embarazo. Me dijo que si salían dos líneas en alguno, significaría que estaba contagiada. Sentí un miedo similar al que he sentido las veces en que pensé que estaba embarazada: una sabe que es imposible pero la ansiedad ataca igual.

Salí a la sala de espera aterrorizada y contando los diez minutos que me dijeron que se demoraría. Los demás en la sala estaban igual que yo, callados y cabizbajos, como si hubiéramos hecho algo malo. La amiga que me acompañó me decía que debía sentirme responsable por estar ahí, pero la verdad podía sentir todo menos responsabilidad.

Fueron ocho minutos en que pensé todas las formas en que una se puede contagiar. Pensé en la típica frase que cuando tienes relaciones sexuales con una persona, las estás teniendo con todas las personas con las que esa persona estuvo.

De pronto, esa típica idea de “Yo sé con quién me meto” me pareció una ilusión. Da miedo pensarlo. El SIDA parece ser la peor enfermedad que te puedes contagiar, pero hay tantas más: el virus del papiloma humano, la gonorrea, la sífilis, en fin. No soy una experta en el tema, pero tras hacerme el examen y conversarlo con mis amigas me di cuenta que somos pocas las que nos hemos hecho el test. Me preocupó. Pensé en que ni siquiera la vacuna del VPH ni los preservativos nos protegen de todas las cepas de ese virus, y que tampoco es necesario tener muchas parejas sexuales para contagiarse. Lo que nos queda, aparte de educarnos, es acostumbrarnos a hacernos los exámenes cada cierto tiempo y decirle a nuestras amigas que vayan también.

Afortunadamente mi examen dio negativo. Se demoró alrededor de ocho minutos y la enfermera aclaró todas mis dudas. Después me dieron un certificado que decía que no tenía ni sífilis, ni VIH, ni hepatitis B. Me tomé una foto con esa hoja y se la envié a mis amigas.