Viviana Ávila, lingüista y experta en género: “El lenguaje puede ejercer violencia, jerarquía y poder”

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La autora de La mató por amor, el libro que demuestra que los estereotipos de género perviven las palabras y que puedes encontrar en FILSA 2017.

Viviana Ávila Alfaro, es profesora de Lengua Castellana y Comunicación y Magíster en Lingüística, y recientemente publicó el libro La mató por amor, a través de la colección de Ensayos de la editorial La calabaza del diablo.

El libro da cuenta de un estudio cuantitativo aplicado a los alumnos de un colegio para adultos, de edades entre 16 y 19 años, a través del cual documentó las diferencias de léxico con que se alude a las libertades sexuales de hombres y mujeres en la sociedad.

Obtuvo más de 1100 palabras en 8 categorías: todas se sustentan en estereotipos de género y denotan una carga peyorativa. “Maraca”, por ejemplo, es uno de los términos más usados para referirse a las mujeres, versus “maricón”, para los hombres.

Conversamos con la autora acerca de cómo el lenguaje discrimina, de la violencia de género que transmiten las palabras y de su función para construir realidad.

-¿Qué te inspiró a la hora de realizar este libro?

Mi tesis de Magíster fue sobre este tema producto de mi experiencia en un liceo de adultos, o 2×1, en el que trabajé durante cinco años. Un día me enteré de que una alumna que era aplicada, pero muy tímida, estaba siendo violentada por su pareja. Hice una denuncia al Servicio Nacional de la Mujer (SERNAM), pero luego de varios correos no obtuve respuesta.  Había otra joven que cuando empezamos con este tema levantó la mano y dijo que quería dar su testimonio, justo estábamos hablando del amor tirano en la literatura, entonces dijo que había quedado embarazada a los 17 años, que sus papás eran evangélicos y se tuvo que casar con el tipo. Con el tiempo se separaron de hecho y ella se puso a pololear con uno de los alumnos del liceo. Cuando el esposo se enteró, le pegó tanto que creyó que se iba a morir. Entonces me dije: “tienes que hacer algo”.

-¿Te parece que el sistema educacional chileno no se hace cargo de la violencia de género?

Imagen del lanzamiento del libro en octubre de 2017.

Una profesora, o profesor, puede hacer mucho por sus estudiantes, pero si no tenemos apoyo institucional, no sabes a quién acudir. En los colegios subvencionados y municipales uno se guía por el currículum nacional, pero los planes y programas educativos del gobierno no tienen ningún capítulo que integre la violencia de género. Encontré sólo un documento de 2011, que no es obligatorio, que explica el tratamiento de la violencia de género. Cuando yo estudiaba ningún profesor me habló de este tema, la pedagogía se plantea desde un escenario ideal, pero en contextos vulnerables hay niños que tienen hambre, que están siendo violentados por sus padres. No se pueden dejar de lado en la educación temas como este. El colegio en que trabajé era pequeño, tenía tres cursos por jornada, pero ¿te imaginas qué pasa en los colegios más grandes?

-¿Esto se da sólo en las clases sociales más bajas?

Este problema es transversal. En mi experiencia las clases sociales más bajas tienden a ser más conscientes cuando se plantea el tema. En el colegio donde trabajé era como un despertar, se daban cuenta de que les estaba pasando y querían  cambiarlo. Tengo alumnas de la Adolfo Ibáñez  a las que les cuesta un montón identificar el problema, el semestre pasado tuve una alumna que me preguntaba: “profe ¿por qué es malo que una mujer esté en la cocina?”. Para mí tiene que ver con una educación muy conservadora, bordeando el opus dei, de mujeres que nacen para ser esposas de alguien, saben que van a estar en la casa. En la clase alta me cuesta mucho más porque las jóvenes están como adoctrinadas.

-En lo personal, ¿te ha tocado ser víctima del lenguaje sesgado?

Sí, varias veces. Ahora estoy trabajando en la Universidad de Chile, en la Adolfo Ibañez y en la Santa María en Valparaíso, algunas personas me han preguntado que cómo llegué hasta ahí, pero yo he estudiado un montón, creo que tengo méritos profesionales para estar donde estoy ahora. Pero como una es mujer siempre te rodean esos cuestionamientos y te dicen: “ay es que tú eres como bonita, eres como flaquita” y no tiene nada que ver, yo sola he sido capaz de hacer mi camino. También me pasó que tuve un pololo súper manipulador y ahora miro para atrás y no entiendo cómo estuve con él. Proyectaba todas sus inseguridades en mí y me decía que “yo le hacía muy bien”, pero claro, estaba bien en la medida en que nuestra relación estaba bien. Estuve muchos años con él por ayudarlo, pero no porque lo quería.

-¿Cómo se relaciona el lenguaje con las problemáticas sociales actuales?

El lenguaje forma parte de nuestra cultura, nuestra cultura es lenguaje. Nuestra forma de habla es como nos mostramos al mundo, por eso hay marcas de estatus en el lenguaje como “shiquillos”, o “tchiquillos” y pasa lo mismo con los comportamientos sexuales. En el caso de las mujeres, ellas son mucho más juzgadas por tener un comportamiento liberal porque así está instaurado en la sociedad, entonces podemos ver estereotipos muy arraigados que provienen como de la Edad Media. Por ejemplo tengo una prima que juega fútbol, entonces mi tía decía: “no si igual ella sigue siendo femenina”, justificando que su hija jugara a la pelota.

¿Qué opinas de la tendencia de cambiar la última vocal de una palabra por una “e” o una “x” para apelar a un lenguaje más inclusivo?

Los lingüistas somos los más libertarios de los estudiosos de la lengua, hay quienes dicen que les carga el “todes” o usar “x”, porque lo encuentran ordinario, pero yo no le veo nada malo. La RAE dijo que no se podía usar el “todas y todos” y que en su lugar se usara el genérico masculino. A mí me parece que el “todes” y la “x” no se condice con las reglas, pero es parte de la disidencia. Creo que todo intento de inclusión es bueno, pero no soluciona el problema, no es algo que se vaya a imponer de manera hegemónica, va a quedar en la minoría.

-¿Cómo se manifiesta la construcción de realidades a través del lenguaje?

Cuando comunicamos la muerte de alguien, por ejemplo, decimos “estaba vivo”, el lenguaje tiene el poder de perpetuar y patentar realidad, así también de evidenciar diferencias de género. Por esto es tan importante la manera en que aludimos a las personas, por ejemplo, decir que una mujer es maraca porque es coqueta, o que un hombre es gay porque es coqueto, demuestra mucho de cómo fue la educación de los chicos que aparecen en el estudio. Yo creo que si uno comienza a pensar distinto cambia el lenguaje e influye en la realidad, por ejemplo si yo digo: “estaba lleno de putas afuera”, es distinto a decir “había prostitutas o trabajadoras sexuales”, tiene otra carga. Nuestra elección de palabras demuestra un bagaje cultural y cómo quiero que me vea el mundo. El lenguaje marca ideología, puede ejercer violencia, jerarquía y demostrar poder.

-¿Te gustaría eliminar alguna palabra del diccionario?

Si yo pudiera erradicar las palabras que tienen una carga peyorativa, lo haría, pero se encontrarían otras y se empezarían a resignificar nuevas, como por ejemplo el “ser pelado (a)”, que quiere decir promiscuo (a). Es difícil, porque en la práctica no puedes borrar las palabras, la lengua va cambiando de acuerdo al contexto y a la terminología que va a surgiendo.