Abstencionismo y Construcción del País (Respuesta breve a Emiliano)

No es sólo la intensa lucha dada por nuestras antecesoras la que debiera motivarnos a votar, porque no es sólo la mirada hacia el pasado, sino también la mirada puesta en el futuro el que nos invita a ello. No a la abstención del Voto.

Hace algunos días y debido a las discusiones y confrontaciones de ideas que se desarrollaron a raíz de las elecciones municipales, un querido amigo me exponía el derecho que siente y piensa que le asiste respecto a no votar, a excluirse de expresar en un voto informado su opinión, postura que no comparto, y que no alcancé a responder como hubiera querido. Esa deuda me convoca hoy.

He traído a una mujer grandiosa para que me preste algunas de sus aproximaciones relativas a la construcción política del país, que no obstante haber sido expresadas hace casi cien años, no pierden vigencia.

En un texto preclaro que se titula “El Patriotismo de nuestra hora” sostenía Gabriela Mistral: “A una patria le basta tener leyes justas para hacerse amar”. Quiero rescatar principalmente este nuevo patriotismo, que es un patriotismo grandioso en voluntad, en tesón y también en territorio, porque es menester que los límites del país se extiendan hasta donde realmente somos todxs, un espíritu de cuerpo que se autorrefiere y se cuida (como viera hace algunos días en una gráfica: en el norte de América “Estados Unidos” y hacia abajo desde la América Azteca y Maya hasta la América de los Yaganes y Onas, un solo gran territorio multinacional, un solo color, que se nombraba como “Estamos Unidos”, me pareció un norte, una esperanza, un sentido final de camino).

Primero debo decir que siento que en Chile no hay leyes justas, si sigo al pie de la letra y aisladamente lo que sostiene Gabriela, quizás me perdonaría ello el hecho de no amar este país y desprenderme de su destino; pero tal como una madre responde con doble esfuerzo ante la hija enferma, creo que lo que nos corresponde es acompañar y refundar un proyecto nuevo de Chile, sanarlo ahí donde está más enfermo, encementar las fisuras y donde esa fisura sea grave, toca demoler y refundar.

Como ya decía, hace dos semanas asistimos como país a nuestra primera elección con inscripción automática y voto voluntario y la abstención rondó el 60% del padrón. Hace años que sostengo una postura que fue impopular, que algunos tacharon de antidemócrata, pero a la que hoy se vuelve los ojos y tengo esperanza de que se vuelva a discutir con altura de miras. Por eso traigo a la mesa, nuevamente, la propuesta de “Inscripción automática y voto obligatorio” y quiero explicar, aprovechando este balcón digital, por qué me parece ésta la postura que mejor responde a la necesidad política de Chile.

Una de las luchas más significativas que dimos como pueblo y como género en el siglo XIX y XX fue el derecho al sufragio universal y las conquistas fueron graduales[1], ninguna de ellas definitiva si no hasta recién la mitad del siglo XX. La primera vez que las mujeres participaron en una elección presidencial en Chile fue recién el año 1952, esto es, apenas 60 años (y considerando que hubo 17 años de dictadura y por lo tanto conculsión de dicho derecho, nuestros años de ejercicio sufragista se reducen dramáticamente).

No es sólo la lucha dada por nuestras antecesoras, el que nos obliga a ejercerlo, ni es el saludo que se le hace a grandes hombres y mujeres que con una conciencia de patria grande y no de perpetuación de un privilegio de casta se enfrentaron y pusieron corazón e inteligencia para lograrlo, el que debiera motivarnos a votar, porque no es sólo la mirada hacia el pasado, sino también la mirada puesta en el futuro el que nos invita a ello.

Sostienen quienes abogan por el abstencionismo que la forma en la cual la clase política se ha conducido es suficiente para sentirse expulsados de la responsabilidad que nos asiste a todos en la construcción política de Chile, sostienen también que los partidos políticos en vez de ser proyectos y programas al servicio de un ideario sólo funcionan trayendo agua para sus molinos, que se sirven a sí mismos, que se enseñorea la roña y la decadencia en los pasillos de la Moneda, en el Congreso y en los gobiernos locales, y que ese diagnóstico lapidario es suficiente para exculparlos… Yo concuerdo en parte con este diagnóstico, pero disiento profundamente respecto al corolario.

Tal como el derecho de libre desplazamiento en el territorio nacional, no se resiente por la ley del tránsito que me obliga a ceder el paso en una esquina, o a esperar la luz verde para poder continuar camino, tampoco la democracia se resiente si establece como obligación mínima de sus ciudadanos que expresen políticamente su opinión a través del voto.

¿Que esto no es suficiente? Pues claro que no, pero estamos aquí hablando de un mínimo ciudadano, no de las aspiraciones ciudadanas que tengo, pues lo que realmente quisiera yo es que cada persona se comprometiera profunda y alegremente con un proyecto comunitario de país, que fuera capaz de retejer y componer los lazos sociales, de dialogar y de creer. Funcionar como si la realidad fuera un compartimento estanco en el cual lo que suceda en la celda.

A1 no afecte mi vida en la celda A2 es una manera simplista de mirar. ¿Que no me toca velar por el derecho al cuidado de los hijos de las madres y de los padres sin que se vea afectado el derecho laboral que le asiste a esa madre o padre sólo porque yo no tengo hijos? ¿Que no me importe cómo este país resuelva el tema de la asistencia de los adultos mayores de Chile, precariezados económicamente por un sistema de pensiones que sólo funcionó para proveer capital a las empresas y precariezados emocionalmente por un sistema de organización social que nos vendió la “pomada” de la individualidad y nos arrebató la conciencia de comunidad y hasta el tiempo para cultivar la amistad, que todo eso no me importe sólo porque hoy tengo 30 años y la vejez pareciera que no me toca? ¿Que no me importe que corran balas si es que –tal como si fuera una película de acción- tengo agilidad para esquivarlas?

Creo que esta forma de mirar nos ha dañado y ha resentido nuestra capacidad de amar y puesto en entredicho de pasada, la apertura que significa dejar que otros también nos amen.

Cierto es, y no merece discusión alguna, que votar no es suficiente (tanto como quien vota y vuelve a su vida en los polos), pero me parece necesario que ese derecho que tanto costó lograr, se ejerza y para que no quede sólo como un ejercicio sufragista también me parece necesario ser capaz de construir una alternativa democrática dentro de los partidos políticos o fuera de ellos si ninguno representa el núcleo central de lo que queremos para Chile (lo que convierte en parte de la agenda el cambio del sistema binominal para reconocer estas otras expresiones).

Mis raíces políticas se encuentran más bien en la centro izquierda y mis afectos mucho más allá, pero es una contradicción llamar a no votar en Chile y saludar como una gran gesta lo que los hermanos nicaragüenses obtienen por las urnas con apenas una semana de diferencia, como también articular un discurso potente y quedarse en una agitación social que se diluye, en vez de aprovechar la energía y la ola para llegar a mejor orilla.

Me gustaría a mí ver lo que hombres y mujeres buenas pueden hacer por mi comuna y por el país y estoy dispuesta a jugarme por esa opción con toda la tripa y la mente; pero abstenerme y permitir que los que justamente han envilecido la política sigan estando, es a lo menos un delito político por omisión.

Nada cambia si no nos movemos (es más, retrocede: lo primero que se tiró p’atrás en Chile después de la abstención del domingo pasado fue la elección popular de los Consejeros Regionales, una lucha política en la que llevamos años, porque desde arriba piensan ¿para qué abrir la elección de los consejeros a un pueblo que no participa? Quizás cuánto más va a costar volver a ponerlo en tabla y eso me duele…).

¿Que es una democracia poco profunda la de nuestro país? Sí, lo es. ¿Que quisiera mejores partidos políticos y mejores líderes? Sí, también los quiero. ¿Que existen algunos que lo único que han hecho es usufructuar para sí y para su entorno con su posición? Existen y respecto a esta conducta no sienten ni remordimiento siquiera.

Pero, querido Emiliano, que todo eso me parezca suficiente para omitirme, para hacer un ejercicio –mentiroso y cómodo- de quedarme fuera, sin dar una pelea por lo que sí quiero para Chile que tenga en la misma punta de la lanza ferocidad y ternura, no lo comparto.

Gabriela Mistral en otro fragmento de ese texto que te comentaba decía: “Nunca ha sido tan necesario como hoy, meditar y actuar sucesivamente, y con todas las fuerzas del alma. Y nunca tampoco ha sido más imperiosa la necesidad de una colaboración colectiva. (…) Ahora todas la voces son demandadas y tienen igual acceso la cátedra y la fábrica en la discusión del bien común”.

Y como ya enunciaba en el título de esta columna, ésta es una respuesta breve, la larguísima respuesta en una conversación que tenemos pendiente hace mucho rato y que se hace al calor de un buen vino y de mejor compañía. Quizás sea cuando retorne y el eterno Palavecino abra sus puertas a esta mujer de la diáspora chillaneja…

[1] Para una apretada síntesis del derecho a sufragio, dejo como notas los hitos que constituyen los siguientes años:

Al inicio de la organización autónoma de Chile se consideró que quienes tenían derecho a expresión de su opinión política mediante el voto serían “todos los individuos que por su fortuna, empleos, talentos o calidad gozan de alguna consideración en los partidos que residan, siendo vecinos y mayores de veinticinco años”. A partir de la Constitución de 1833 y hasta prácticamente finales del siglo XIX en Chile perduró un derecho a sufragio censitario, el que exigía cierto nivel de renta o capital para poder votar. A partir de la abolición de esta exigencia, hubo un voto universal masculino que sólo exigía saber leer y escribir, aunque dentro de las consideraciones de suspensión del derecho se encontraba por ejemplo ser sirviente doméstico, lo que fue derogado recién el año 1925 (Pareciera que la historia es cíclica… rememoro el conflicto respecto a Chicureo y el trato a las “nanas”). Los ciegos se agregaron a quienes podían votar el año 1969, los analfabetos recién el año 1972. En el gran caso que significo el reconocimiento del derecho a sufragar de las mujeres, el año 1931 se les reconoce el derecho a voto para elecciones de alcaldes y regidores pero sólo podían ejercerlo las mujeres propietarias de un bien raíz, derecho que por primera vez ejercerían cuatro años después. El año 1949 se obtiene el derecho a voto universal de las mujeres, sin limitación relativa a la posesión de bienes raíces, que les permite participar por primera vez en la elección presidencial del año ’52.

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